El caso de una mujer llamada Gulnaz recorrió el mundo entero hace unos años cuando fue condenada a la cárcel acusada de adulterio a pesar de que ella había sido víctima de violación. En aquel entonces, el gobierno civil logró que la indulten. Era solo un ejemplo de que las leyes fundamentalistas aún dominaban el país y que en poder de los talibanes serían implacables.

Naciones Unidas recogió varios testimonios de cómo es ser mujer en Afganistán. En un libro publicado en 2011 contó varios casos, como el de Mariyam, una joven de 17 años que fue vendida a los 11 a un hombre por tres mil dólares para que sea su esposo.

"Fui una hija vendida, después me convertí en una esposa comprada", relató la mujer.

Para muchas afganas, en especial en ciudades como Kabul, estas parecían ser historias lejanas que solo estaban ligadas a los talibanes. Tras casi dos décadas de grandes progresos todo parecía indicar que era una pesadilla que no volvería.

Hasta hace poco que regresó el régimen.

En su primera noche bajo el régimen de los talibanes, Aisha Khurram, de 22 años, la pasó sin poder dormir, entre el ruido de las balas y el de los aviones que evacúan a los extranjeros del aeropuerto de Kabul, un día que no olvidará: "en el que se nos partió el alma y el espíritu". 

"Para toda la nación, ver cómo todo se hundía en un instante, fue el fin del mundo", confesaba el lunes por la mañana a la AFP esta estudiante afgana, pocas horas después de la entrada de los talibanes en Kabul. 

Khurram, que representa a la juventud afgana ante la ONU, tenía que haber concluido sus estudios en la Universidad de Kabul en los próximos meses.  

Pero el domingo por la mañana, ella y sus compañeros no pudieron volver entrar en el campus y su futuro es más que nunca incierto. 

"Es una pesadilla para las mujeres que han estudiado, que piensan en un mañana mejor para ellas y las generaciones futuras".  

Durante 1996 y 2001, los talibanes en el gobierno impusieron una visión ultraortodoxa de la ley islámica que impedía a las mujeres estudiar o trabajar, salir de casa si no era acompañadas de un miembro masculino de su familia y les obligaba a llevar el burka (velo integral) en público.

Las flagelaciones y ejecuciones, incluso la lapidación por adulterio, eran prácticas habituales en las plazas y estadios de las ciudades. 

Sin embargo, la situación, sobre todo en las zonas rurales, no mejoró sustancialmente para las mujeres con la marcha de los talibanes en 2001. 

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