Una nube gigantesca de polvo anaranjado tragándose el paisaje en pocos minutos: habitantes del sudeste de Brasil vivieron en los últimos días fuertes tormentas de arena, un fenómeno habitual para esta época pero que se ha intensificado por la sequía extrema.

La escena se repitió en al menos tres ocasiones desde fines de septiembre y atemorizó a los habitantes de ciudades como Franca, Ribeirao Preto y Frutal, en el interior de los estados de Sao Paulo y Minas Gerais, que registraron con sus celulares la polvareda cubriendo ambientes urbanos y rurales, empujada por rachas de viento de hasta 100 km por hora. 

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Al menos seis personas murieron en Sao Paulo por el derrumbe de árboles, casas y otras consecuencias directas de las tempestades, según los medios locales.  





"En cierta forma, son eventos comunes, pero no de esta magnitud como hemos visto en 2021. Es el resultado de un largo período de escasez de lluvia, temperatura elevada y baja humedad", dijo la meteoróloga Estael Sias, de la estación Metsul.

Tras la temporada seca llegan las lluvias, típicamente acompañadas de temporales de viento. 

"Las rachas de viento encuentran ese suelo arenoso y [además de la tierra] arrojan a la atmósfera contaminación, desechos, residuos de las quemadas, que también ocurren durante este período seco", añade Sias.

Para la experta, "esto no se puede disociar del cambio climático". 

"En este siglo todos los años han sido de temperaturas récord. Hay más calor en la atmósfera, lo que acaba transformándose en energía para eventos extremos: lluvia, temporales, inundaciones, pero también sequía, frío y calor, lo que acaba desencadenando eventos como estas tormentas de tierra", subraya Sias. 

Este tipo de tempestades, habituales en regiones desérticas, pueden tener miles de metros de altura, hasta 160 km de ancho y durar varias horas, según la experta. 

Además de ser afectada por la sequía extrema, la región que registró estas enormes polvaredas es un área agrícola con extensas superficies de suelo sin cobertura vegetal, lo que resulta en más partículas sueltas susceptibles a las fuertes rachas de viento.

Brasil atraviesa su peor sequía en 91 años, que provocó una bajada hasta niveles críticos de las reservas de las hidroeléctricas del centro-oeste y sur del país y encareció la factura de electricidad para los consumidores. 




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