La aprobación a la gestión presidencial se mantiene elevada pero la mayoría no confía en que el gobierno pueda resarcir todos los daños producidos por la gasolina sucia ni cree que su causa sea un sabotaje para generar inestabilidad. Eso nos dice la más reciente encuesta de Ipsos CIESMORI difundida por UNITEL.
Lejos del barullo y las exageraciones del mundillo político, esas opiniones reflejan que las expectativas ciudadanas siguen siendo el sostén del gobierno pero que grietas de desconfianza están apareciendo. Es un resultado agridulce que no debería ser subestimado pues contiene señales preocupantes sobre el malhumor de la gente.
Rodrigo Paz mantiene un 63% de aprobación en las cuatro grandes ciudades del eje urbano, apenas unos pocos puntos por debajo de la última medición realizada antes de la crisis de los combustibles. Desde mi perspectiva, es una ratificación de que las expectativas que lo acompañaron desde el inicio de su mandato se mantienen y que la estabilidad lograda en estos meses es valorada.
Sin embargo, al contrario de lo que algunos podrían suponer, esa opinión positiva no evita que una gran mayoría califique severamente el desempeño de su gobierno en la crisis del combustible sucio.
Un 65% consideran “poco” o “nada” creíble la explicación de que esto tuvo que ver con un “sabotaje para generar inestabilidad”, un 68% tiene “poca” o “ninguna” confianza en que se podrá también “cubrir a quienes ya repararon” por sí mismos sus vehículos y un 46% que los requisitos establecidos para acceder al seguro que compense los daños son “burocráticos” o “excluyentes”.
Aunque esa desconfianza es contenida por la esperanza, sosteniendo la buena imagen del presidente, de todas maneras, la desaprobación al primer mandatario aumentó del 24% al 30% en un mes. Es decir, el apoyo se sostiene, pero las oposiciones crecieron y los indecisos se redujeron. La crisis de la gasolina tuvo, pues, un costo en la opinión pública, aún pequeño, pero no desdeñable.
Este panorama no deja de tener sentido, por otra parte, con lo que se escucha en las calles, ratificando que las encuestas, con todas sus imperfecciones, son nomás un termómetro interesante del humor social. La mayoría no quiere desorden, aspira a que al gobierno le vaya bien, le reconoce sus logros, pero no está contenta con la seguidilla de problemas y particularmente con la manera como están siendo enfrentados.
La desconfianza es un veneno lento, va erosionando los fundamentos de la política poco a poco, y cuando la credibilidad se rompe definitivamente no se puede hacer mucho. La falta de empatía con las angustias de la gente cuesta tarde o temprano y por tanto los errores deberían ser asumidos y corregidos a tiempo. Sería útil escuchar esas preocupaciones.