Hall y Woodford llegan a Bolivia: Los Nobel frente a la crisis económica

Bolivia no enfrenta solamente una crisis de producción, inflación y empleo. Enfrenta una crisis de expectativas, de coordinación de decisiones individuales y de credibilidad de sus nuevas reglas económicas. Durante décadas, los bolivianos aprendimos a vivir en una economía con tres certezas: el dólar tenía un precio prácticamente inamovible, los combustibles también y el Estado parecía garantizar ambas cosas de pecho abierto. Eran tres anclas de expectativas. Ahora que se han debilitado o desaparecido, millones de familias y empresas están intentando descubrir cuáles serán las nuevas reglas y de dónde se agarran. Los agentes económicos están como chulupis en asamblea de pollos.

En esta oportunidad analizaremos las ideas de los recién laureados con el Premio Nobel de Economía, Robert Hall y Michael Woodford, para comprender por qué este proceso puede prolongar la recesión, incluso cuando la inflación comienza a moderarse.La recesión en curso en Bolivia también está en la cabeza de los consumidores. La gran contribución de Hall fue demostrar que las decisiones de consumo no dependen únicamente del dinero que recibo en el presente, sino también de las expectativas sobre los ingresos futuros. Una familia puede tener hoy el mismo salario que ayer, pero si teme perder su empleo, espera un dólar más caro o anticipa nuevos incrementos de los combustibles, puede reducir inmediatamente sus gastos.En la Bolivia de 2026 esto tiene consecuencias profundas. Pensemos en tres hogares: La familia asalariada: aunque mantiene su empleo, posterga la compra de electrodomésticos, vacaciones o mejoras de vivienda porque no sabe cuánto costará vivir dentro de seis meses. El comerciante informal: observa que sus ventas disminuyen, pero necesita seguir trabajando diariamente para sobrevivir. No puede ahorrar mucho y menos todavía planificar a largo plazo. La familia con ahorros: comienza a transformar bolivianos en dólares, no necesariamente porque necesite importar algo, sino porque busca proteger su patrimonio.El resultado agregado es paradójico: decisiones individualmente razonables pueden producir un resultado colectivamente recesivo. Todos intentan protegerse del futuro, pero al hacerlo pueden empeorar el presente.Implicación de política pública del Nobel 2026 para estas tierras: no basta con anunciar que la inflación está bajando. Es necesario reconstruir expectativas de ingresos, proteger el empleo y evitar que la contracción del consumo se convierta en un círculo vicioso.El Banco Central de Bolivia (BCB) no solamente administra dinero, administra expectativas, es decir la parte psicológica de la economía. Woodford revolucionó la macroeconomía al mostrar que las decisiones de política monetaria afectan la economía no solo mediante las tasas de interés actuales o el nivel del encaje legal, sino también a través de lo que las personas creen que ocurrirá mañana.

En el modelo económico Woodford, la inflación depende de las expectativas futuras, de las presiones de demanda y de la manera en que las empresas ajustan sus precios. Aplicado a Bolivia, el problema es particularmente interesante. Durante años, el tipo de cambio fijo funcionó como una especie de reloj público: todos podían mirar la misma hora. El comerciante, el importador, el empresario y el consumidor utilizaban una referencia relativamente estable. Con la transición cambiaria, ese reloj desapareció. Ahora cada agente económico intenta construir su propia predicción. Busca mirar su propio reloj. El importador calcula cuánto costará reponer sus inventarios. El transportista anticipa futuros precios de la gasolina. El comerciante incorpora una prima de incertidumbre. El trabajador reclama aumentos salariales para proteger su poder adquisitivo. El ahorrista busca refugio en dólares.

Según el Nobel de economía 2026, surge así un fenómeno crucial: la inflación puede depender no solamente de cuánto aumentaron los costos, sino de cuánto cree cada empresario que aumentarán en el futuro. Una depreciación esperada del tipo de cambio puede trasladarse anticipadamente a los precios, incluso antes de materializarse completamente.

Al BCB no le basta con seguir a Milton Friedman, para quien “la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario”; debe también seguir a Milton Condori, el Yatiri del alma nacional, quien sostiene, desde sus sabios 80 años, leyendo sus hojas de coca, que “si los dolarachos suben, los precios suben; si los dolarachos bajan, los precios también suben. ¡Clarito está en las venas de la sagrada hojita verde!” Estamos ante una fascinante contribución a la macroeconomía boliviana: la teoría de la inflación asimétrica irreversible, donde el tipo de cambio tiene dos direcciones, pero los precios conocen solamente una: ¡hacia arriba!

En este contexto idiosincrático, una política monetaria restrictiva puede perder eficacia si el público no cree que el BCB logrará estabilizar la economía. La lección de Woodford es que la credibilidad no es un lujo institucional. Es una variable macroeconómica. En términos más bolivianos: no alcanza con que el Banco Central anuncie que tiene el puerquito de las cachinas, convencer a los “bolis” promedio que hocico de chanco no es enchufe es lo difícil.

La paradoja boliviana: tres años de recesión y todavía inflación. Esta es probablemente la aplicación más poderosa del maestro Woodford. Bolivia atraviesa, bajo el escenario que planteamos, su tercer año consecutivo de contracción económica. La inflación interanual ronda el 6%, el desempleo aumenta y la informalidad absorbe parte del deterioro laboral.La macroeconomía keynesiana tradicional podría interpretar esta combinación como una economía con demanda deprimida que necesita estímulos. Pero Woodford nos obliga a realizar una pregunta adicional: ¿cuánto de nuestra crisis proviene de una caída de la demanda y cuánto de una reducción de la capacidad productiva?

Consideremos dos fuerzas simultáneas. Choque negativo de demanda, caen consumo, inversión y confianza. Aumenta la capacidad ociosa. Menor actividad y presión desinflacionaria. Choque negativo de oferta, suben combustibles, transporte e insumos. 53 días de paro. Cae la producción potencial. Menor actividad y presión inflacionaria. Resultado posible: estanflación recesiva. Producción debilitada, deterioro del empleo e inflación persistente, aunque menor que antes.

Woodford explica que un choque adverso de oferta puede reducir la producción y aumentar el desempleo mientras mantiene presiones inflacionarias. Esto implica que una inflación cercana al 6% no demuestra, por sí sola, que la economía esté estabilizada. Podríamos estar observando dos fuerzas que se contrarrestan parcialmente: la recesión empuja la inflación hacia abajo, mientras los costos energéticos, cambiarios y las expectativas la empujan hacia arriba. Además, una economía puede llevar tres años contrayéndose y no tener necesariamente una brecha de producto tan negativa como parece, si su capacidad productiva también se ha deteriorado. Este es el caso de los 53 días de bloqueos, que no solo paralizaron la economía, sino que destrozaron el stock de capital y redujeron la capacidad productiva. Esa brecha debe estimarse, no suponerse.La gran lección de Hall y Woodford para Bolivia es que no basta con estabilizar los precios; hay que estabilizar las expectativas, recuperar la capacidad productiva y reconstruir la confianza en el futuro. La recesión no se combate exclusivamente apretando las tuercas monetarias, ni la inflación desaparece por decreto o por las buenas intenciones del Banco Central. Necesitamos una política económica que distinga los choques de oferta de los de demanda, que combine disciplina macroeconómica con estímulos productivos y que ofrezca reglas claras para el dólar, los combustibles y la inversión. El verdadero desafío es evitar que, por perseguir obsesivamente la inflación, terminemos estrangulando una economía que ya lleva tres años pidiendo oxígeno. Hall nos recuerda que las familias consumen según el futuro que imaginan; Woodford, que las empresas fijan sus precios mirando hacia mañana. Y Milton Condori, nuestro entrañable yatiri, seguramente añadiría que las hojas de coca anuncian tiempos mejores, pero todavía no revelan la fecha. En definitiva, Bolivia necesita menos magia monetaria, menos dólares psicológicos y más credibilidad, producción y empleo. Porque la confianza no se imprime en el Banco Central, no se decreta en Palacio y, lamentablemente, tampoco se encuentra debajo de una hojita de coca.