Hace unos días, el excanciller de Chile Ignacio Walker resumía la política exterior de su país en el vecindario: la disuasión militar y la acción diplomática. Walker no es un belicista. Solo recordaba que la guerra no es un capítulo de historia del siglo XIX. Hace 50 años, su país estuvo al borde de la conflagración con Perú y Argentina. Walker seguramente coincide en que Juan Seguro vivió cien años.
Un diplomático me dijo una vez que el general Banzer, dictador en los años 70, se desveló por aquellos aprestos bélicos. Banzer temía que Perú atacaría Chile cruzando el territorio boliviano, con o sin consentimiento de los dueños. Seguramente que ese miedo aplicaba igual si Chile le torcía la mano al Perú.
Tres documentos desclasificados confirman ahora esa leyenda. Son tardíos, de 1977, y no de cuando el general Velasco, presidente peruano, tenía a Chile en la mira. La prensa de enero de 1977 corrobora la tensión militar entre ambos países.
En mayo de ese año, el subsecretario estadounidense Todman conversó con el presidente boliviano en La Paz. Banzer le dijo que “Chile y Perú irán inevitablemente a la guerra”; no veía cómo evitarlo, salvo presión internacional. Esta también debía garantizar la neutralidad boliviana. Guste o no, Banzer actuaba como un estadista responsable, no como un príncipe estulto o, peor, termocéfalo.
Ya en junio de 1977, en la asamblea de la OEA en Granada, el secretario de Estado Cyrus Vance le pidió al canciller boliviano, general Oscar Adriázola Valda, su evaluación de la situación andina. Adriázola le expuso que Perú había adquirido de la Unión Soviética armas sofisticadas y de gran potencia de fuego. El equilibrio regional se había roto, provocando “una inestabilidad geopolítica que preocupa profundamente a los países vecinos” (...) “...un conflicto bélico de gran magnitud en Sudamérica supondría el caos para el hemisferio”.
Adriázola había consultado por separado a los presidentes de Perú y Chile. El peruano Morales Bermúdez negó designios guerreros. En cambio, Pinochet creía que “Perú estaba contemplando acciones hostiles; de lo contrario, ¿por qué habría adquirido tal cantidad de armas?”.
Vance también le transmitió su “preocupación profunda” a Adriázola “por el aumento del poderío militar peruano”. Estados Unidos rehusó vender armas a Perú y este acudió a la Unión Soviética.
En septiembre, Banzer concurrió a Washington DC, a la ceremonia de los acuerdos sobre el canal de Panamá. Estuvieron también los embajadores Alberto Crespo Gutiérrez, Fernando Ortiz Sanz y el subsecretario Javier Murillo (dos décadas después, canciller de Banzer, quien no improvisaba). Se entrevistaron con los pesos pesados del poder imperial: Jimmy Carter, Cyrus Vance, el famoso asesor de seguridad Zbigniew Brzezinski y Roberto Pastor del Consejo Nacional de Seguridad.
Además de tocar la reivindicación marítima nacional, Banzer advirtió que habría guerra entre Perú y Chile. Bolivia se mantendría neutral, “sin embargo, señaló, entre Perú y Chile existe una franja de unos 200 kilómetros de ancho en la que no es posible realizar maniobras bélicas. La franja de 100 kilómetros de ancho en la que es posible maniobrar ciertamente pondría la guerra en territorio boliviano. Bolivia está muy ansiosa por evitar esa situación”.
A Banzer lo alarmaba que, en un combate, “todos los puertos quedarían terriblemente dañados y esto sería crítico para Bolivia”. Jugando al tipo piola, Banzer llevó también agua a su molino ante los gringos: deslizó los beneficios de un corredor boliviano al Pacífico, que mantuviera a los beligerantes separados. Banzer subrayó, además, la presencia de “numerosos técnicos soviéticos” en Perú, enseñando a operar el nuevo arsenal.
El presidente Kast llegará a Bolivia en dos semanas. Aparentemente obligado por Washington, Chile se sumó al Escudo de las Américas. En Santiago se inquietaron por la letra chica de ese escudo, pero aquí las autoridades no se mosquean.
Las detenciones de pesos pesados son un preludio. Y quizá no hay ya alternativa por la extensión de la pus, pero las secuelas de una eventual ofensiva militar contra los narcos requieren gobernantes que se enteren y, ojalá, sean responsables. Como Banzer en 1977.