Nuevo proyecto de ley de inversiones: ¿alfombra roja para los dólares o una nueva fila en la burocracia? Primera reacción

Bolivia necesita inversiones como el cuerpo necesita oxígeno. Después de años de deterioro económico, incertidumbre y desconfianza, pretender recuperar el crecimiento solamente con inversión pública es como querer hacer volar un avión con un solo motor, sin combustible y con el piloto discutiendo con la torre de control.

El nuevo proyecto de Ley de Inversiones, recién presentado por el gobierno, va en la dirección correcta.

Primero, las buenas noticias. El proyecto reconoce la igualdad de trato entre inversionistas nacionales y extranjeros, fortalece las garantías de seguridad jurídica y establece mecanismos de solución de controversias, incluido el arbitraje bajo determinadas condiciones. También propone crear PROINVERSIÓN BOLIVIA y una ventanilla única digital, con plazos administrativos generalmente de 30 días hábiles. Excelente iniciativa, siempre que la ventanilla única no termine siendo una ventanilla adicional, con su respectivo formulario, tres fotocopias y un funcionario que salió a almorzar.

Segundo, los incentivos. Se propone arancel cero para bienes de capital elegibles, diferimiento del IVA hasta 60 meses, créditos tributarios al impuesto sobre utilidades y depreciación acelerada. Son instrumentos razonables para estimular la inversión productiva. Pero cuidado: un incentivo fiscal debe generar inversiones nuevas, empleo, tecnología y exportaciones. Si simplemente reduce los impuestos de una empresa que ya había decidido invertir, no estamos haciendo política de desarrollo. Estamos financiando la rentabilidad privada con la billetera pública. Y esa billetera, dicho sea de paso, tiene más agujeros que un queso suizo.

Tercero, la seguridad jurídica. El proyecto contempla estabilidad contractual de hasta 30 años y reconoce la transferencia de utilidades y capitales al exterior. Bien. Pero aparece una pequeña travesura de la realidad: ¿de qué sirve garantizar la repatriación de dividendos si conseguir dólares sigue siendo una aventura? La libertad cambiaria escrita en una ley no fabrica divisas en el Banco Central. Tampoco una cláusula contractual produce electricidad, gas natural o carreteras.

Cuarto, los riesgos. La nueva agencia debe ser técnica, profesional e independiente de los caprichos políticos. Los incentivos necesitan límites fiscales y evaluaciones transparentes. El arbitraje requiere reglas precisas y debe aclararse el tema de sí es adecuado, no con la Constitución política del Estado Y las garantías para funcionarios que toman decisiones económicas no pueden convertirse en certificados anticipados de inocencia frente a la corrupción. Una cosa es equivocarse de buena fe; otra, hacer buenos negocios con la plata ajena.

Quinto, lo fundamental. Bolivia necesita una política integral de inversiones, no solamente una ley. Sin estabilidad macroeconómica, reglas cambiarias confiables, energía competitiva, infraestructura y justicia que funcione, podemos redactar la legislación más hermosa del continente y seguir esperando a los inversionistas como quien espera al príncipe azul en la terminal de buses.

La experiencia latinoamericana enseña que los capitales no llegan únicamente por exenciones tributarias. Llegan donde existen oportunidades rentables, instituciones confiables y reglas que sobreviven a los cambios de gobierno.

Por eso, apoyo la orientación de la nueva ley, pero considero indispensables varias correcciones. No debemos confundir los millones anunciados con los dólares efectivamente invertidos, ni los beneficios tributarios concedidos con los empleos realmente creados.

La inversión nacional y extranjera debe ser un motor de productividad, innovación, exportaciones y bienestar. No un concurso de privilegios fiscales.

En conclusión: bienvenida la nueva Ley de Inversiones, pero no esperemos milagros. La confianza no se decreta, la seguridad jurídica no se improvisa y los dólares no aparecen porque un artículo de ley los invite cordialmente a pasar.

Podemos extender una alfombra roja al capital. Pero convendría arreglar primero los baches del camino.