Posiciones irreductibles y negociación fallida: el conflicto Gobierno–COB

El regateo entre el Gobierno y la Central Obrera Boliviana continúa su marcha triunfal hacia ninguna parte, ejecutando una coreografía digna de ballet soviético: pasos rígidos, miradas severas y cero flexibilidad articular. No es diálogo, es una guerra de posiciones con banda sonora ideológica y libreto escrito hace décadas.

De un lado, el Gobierno, convencido de que ha bajado del Sinaí económico con los Diez Mandamientos de la política pública, grabados en piedra fiscal y blindados contra cualquier duda humana. La consigna es clara: no se retrocede, ni siquiera para tomar impulso. Ceder sería herejía técnica y pecado mortal

Del otro lado, la Central Obrera Boliviana, que ha optado por una épica maximalista: derogación del decreto o muerte (política, simbólica o retórica, según el clima). Aquí no hay matices, hay consignas. No se negocia, se exige. Y si no funciona, se amenaza con “el pueblo”, esa entidad mística que aparece estratégicamente cuando conviene.

El resultado es un diálogo de sordos con megáfono. Nadie escucha, pero todos gritan. El Gobierno de Bolivia apuesta al desgaste: espera que una central obrera debilitada, golpeada por los años de cogobierno y las dádivas recibidas en la administración anterior, se canse antes de llegar al clímax. La COB, por su parte, cree que aún puede convocar una insurrección popular de temporada alta, capaz no solo de tumbar el Decreto Supremo 5503, sino de paso al propio gobierno. Ambición no falta; realismo, quizá sí.

En medio de esta tragicomedia nacional, vale la pena introducir un pequeño marco conceptual de negociación, aunque nadie lo haya pedido. Existe una diferencia fundamental entre negociar posiciones y negociar intereses. Bolivia, por supuesto, ha elegido la opción más ruidosa y menos productiva: las posiciones.

Pongamos un ejemplo simple. Hay 40 naranjas en disputa y dos grupos. Cada uno quiere 30. No 29, no 28: treinta exactas, redondas, innegociables. Si ambos se aferran a ese número con fervor religioso, el acuerdo es imposible sin que uno salga humillado y el otro se crea vencedor. Esta es la clásica guerra de posiciones: nadie gana, pero alguien pierde más.

Ahora viene la parte aburridamente inteligente: preguntar para qué quieren las naranjas. Si un grupo las quiere para hacer jugo y el otro necesita la cáscara para mermelada, el conflicto desaparece por arte de magia negociadora. Ambos obtienen el 100% de lo que necesitan. Nadie marcha, nadie bloquea, nadie convoca al pueblo.

Trasladado al escenario boliviano, el problema no es la ausencia de intereses, sino la negativa a nombrarlos. Detrás del ruido pueden existir demandas legítimas: incrementos salariales razonables, generación de empleo, respeto al fuero sindical, sostenibilidad de las empresas públicas, estabilidad macroeconómica. Pero para llegar ahí hay que bajarse del caballo ideológico, y eso parece más difícil que cuadrar el déficit.

El radicalismo sindical y la intransigencia gubernamental se retroalimentan en un juego perfectamente estéril. Cada parte cree que resistir es ganar. Y así, como van las cosas, el conflicto promete larga vida, múltiples capítulos y escasos resultados. Una negociación atrapada en posiciones no solo empobrece los acuerdos posibles: también convierte la política económica en un espectáculo donde todos actúan, nadie escucha y el público, como siempre, paga la entrada.