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Antony Beevor: "Resulta tentador decir que Rasputín es un compendio del alma rusa"

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Fernando Prieto Arellano

Madrid, 14 may (EFE).- Desmenuzar a un personaje siniestro, perverso, carismático, místico y lascivo como fue Rasputín es la tarea que el historiador británico Antony Beevor plantea en su última obra, en la que analiza cómo un sujeto en apariencia insignificante contribuyó de manera decisiva a hundir una autocracia de siglos, el Imperio Ruso.

"Resulta tentador decir que Rasputín es un compendio del alma rusa", afirma Beevor (Londres, 1946) en una entrevista con EFE con motivo de la publicación en español de "Rasputín y la caída de los Romanov" (Crítica).

Y ahondando en su propia reflexión, Beevor cita una célebre frase de Winston Churchill, quien afirmó que "Rusia es un acertijo, envuelto en un misterio que encierra un enigma". Solo así considera que puede entenderse que los rusos detesten el modo en que en Occidente se ve a Rasputín, cuya imagen queda reducida a la de "un obseso sexual, sucio y borracho".

Y ciertamente lo era, sostiene Beevor, "pero un historiador ruso de hoy intentaría justificarle" -total o parcialmente- "por su fuerte espiritualidad".

Un caballo de Troya en la corte de los Romanov

Esa espiritualidad de Rasputín, que para Beevor era tan real como su cinismo, actuó a la vez de bálsamo y de caballo de Troya en una corte imperial que en ese 1905 en que les fue presentado a la zarina Alejandra y al zar Nicolás II se estaba comenzando a tambalear.

Nicolás II sentía que el orden autocrático absoluto que encarnaba la dinastía Romanov y en el que había vivido Rusia durante siglos se estaba resquebrajando tras la derrota en la guerra con Japón, la revolución subsiguiente (un prólogo de lo que pasaría en 1917) y el establecimiento de un tímido sistema parlamentario. Y de todo eso se sentía culpable.

"Era un momento perfecto – afirma Beevor- para que Rasputín pudiera entrar en la corte y calmar al zar, no al país, y alimentar en él esa idea bastante fantasiosa de que existía una conexión directa entre el monarca y no el pueblo, en general, sino el campesinado, que lo veía como un padre, un 'padrecito'".

Y esa influencia se hizo cada vez más notable, más asfixiante, más incómoda, sobre todo para la aristocracia y la burguesía rusas, que veían cómo un advenedizo medio analfabeto oriundo de la lejana Siberia les había desplazado de las inmediaciones y del entorno de la pareja imperial, en particular de la zarina.

Si a ello se unen los falsos rumores ("fake news", diríamos hoy, como apunta Beevor) acerca de que Rasputín mantenía relaciones íntimas tanto con la zarina como con las hijas del matrimonio imperial, estaba claro que el escenario para eliminarlo estaba preparado.

Y ello finalmente sucedió el 29 de diciembre (16 de diciembre de acuerdo con el calendario juliano, vigente entonces en Rusia) de 1916, cuando fue asesinado a tiros en una conspiración encabezada por el príncipe Félix Yusupov junto con otros aristócratas.

"Es totalmente falso que Rasputín se acostara con la zarina, pero ese rumor le hizo tanto daño a la reputación de Nicolás II que se convirtió en algo imparable", sostiene Beevor.

Influencias perdurables

En la entrevista Beevor plantea que el asunto de la influencia de un personaje (o varios) en la política rusa no es algo exclusivo de los tiempos de Nicolás II y Rasputín, sino que perdura hasta nuestros días en la figura del actual presidente de Rusia, Vladimir Putin.

"Putin está muy influenciado por dos ideólogos notables" del nacionalismo ruso más irredentista, el filósofo Alexander Duguin y el historiador, exministro de Cultura y actual asesor presidencial Vladimir Medinski.

Ambos, sostiene Beevor, "justifican el restablecimiento de un imperio ruso", quizá con otras bases pero con los mismos principios y criterios, y que va mucho más allá del concepto de lo que fue la URSS, cuya ideología por un lado se ha quedado obsoleta y, por otro, choca frontalmente contra esa idea de "espiritualidad".

"Obviamente, no podemos entrar en la cabeza de Putin para saber definitivamente si es un idealista o un pragmático, pero sí me atrevería a decir que en su modo de actuar hay una pequeña cantidad de idealismo y una gran dosis de cinismo y de oportunismo que se vincula a su afán por recrear la gloria de Rusia que, en definitiva, no sería sino la gloria de Putin", afirma el historiador británico. EFE

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