Agencias

La fórmula eterna del Barça

La fórmula eterna del Barça

Adrián Vázquez

Colonia (Alemania), 15 jun (EFE).- Cuando se habla de imposibles en el deporte, conviene mirar al Barça de balonmano. No como eslogan, sino como constatación. Este domingo, el conjunto azulgrana conquistó su decimotercera Liga de Campeones en una temporada que, sobre el papel, parecía más un ejercicio de reconstrucción y de resistencia que de dominio.

El verano pasado dejó una imagen poco habitual en el Palau Blaugrana: hasta diez salidas y la sensación de fin de ciclo en uno de los proyectos más dominantes del balonmano europeo reciente. El cuarto puesto en la Final a Cuatro del año anterior había agrietado la percepción de invulnerabilidad. El relato externo hablaba de caída; el interno, de reinvención.

Un equipo nuevo para una vieja costumbre: ganar

La respuesta ha sido una temporada casi sin fisuras. Un equipo remodelado, con ocho incorporaciones, que ha sostenido su identidad competitiva mientras ensamblaba piezas nuevas en un sistema de máxima exigencia. El único tropiezo llegó pronto, en la fase de grupos ante el Magdeburgo (21-22). Desde entonces, el Barça no volvió a perder el rumbo.

En el plano doméstico, la superioridad ha sido incuestionable. Supercopa Ibérica, Supercopa de Catalunya, Liga Asobal, Copa de España y Copa del Rey han caído con una regularidad que ya no sorprende, pero que sigue midiendo la distancia estructural respecto a sus rivales.

A ello se suma el Mundial de Clubes, conquistado seis años después del último título, que funcionó como aviso: el conjunto azulgrana seguía vivo. La Liga de Campeones ha sido la confirmación definitiva.

La final ante el Füchse Berlín fue un examen de madurez. El 37-34 final resume un partido de máxima exigencia en el que el Barça se sostuvo desde su seña más reconocible: la defensa. Con rigor atrás y una constancia competitiva inquebrantable, recupera el trono continental dos años después.

El sello del entrenador

Detrás de todo vuelve a emerger la figura de Carlos Ortega. Su impacto no se mide solo en 'Champions' -seis como jugador y ya tres coronas europeas como entrenador-, sino en la continuidad de un modelo que se reinventa sin perder identidad.

Más que un gestor de plantilla, el malagueño ha sido el arquitecto táctico y emocional del grupo, capaz de sostener la implicación de los tres jugadores que abandonarán el club este verano y que han competido hasta el último día como si fueran a quedarse.

En ese proceso, la evolución de Domen Makuc ha sido una de las historias del curso. Mejor jugador de la final y clave en la dirección del juego, ha aportado claridad, pausa y personalidad en los momentos en los que el equipo necesitaba algo más que velocidad. Su marcha, en el mejor momento de su progresión, deja una sensación inevitable de pérdida.

En la portería, Emil Nielsen ha alcanzado una dimensión de referencia mundial. Sus catorce paradas en la final no solo explican el desenlace, sino también una temporada en la que su fiabilidad ha sostenido al equipo en los momentos de máxima exigencia. Su salida deja una huella difícil de reemplazar, tanto en lo deportivo como en lo simbólico.

También el caso de Antonio Bazán ejemplifica la lógica interna del grupo: una aportación discreta en lo competitivo, pero esencial en la construcción de vestuario. Sin protagonismo en la Final a Cuatro, donde no fue convocado, su influencia ha sido invisible pero constante en la cohesión de un equipo que ha funcionado, sobre todo, como bloque.

La fidelidad a una forma de competir

El futuro, como casi siempre en el deporte de élite, no ofrece garantías de continuidad. Llegan nuevos nombres como Janus Smarason para cubrir la dirección del juego, y el navarro Sergey Hernández asumirá la compleja tarea de ocupar un espacio que no se mide solo en paradas, sino en presencia.

Pero si algo ha demostrado este Barça es que su fortaleza no depende exclusivamente de las individualidades. Es un sistema que sobrevive a las salidas porque su esencia está en la estructura, en la exigencia diaria y en una idea competitiva que no se negocia.

En la cuna del balonmano europeo, el Barça ha vuelto a reinar. Y lo ha hecho, una vez más, desmintiendo el relato de la transición permanente: no hay final de ciclo cuando el hábito es ganar. EFE

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