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Mourinho frente al espejo del éxito

Mourinho frente al espejo del éxito

Juan José Lahuerta

Madrid, 11 jun (EFE).- Cuando José Mourinho llegó al Real Madrid en la primavera de 2010 encontró un club rico en nombres y pobre en certezas. Florentino Pérez había regresado un año antes a la presidencia con el estruendo de las grandes reconstrucciones: Cristiano, Kaká, Xabi Alonso, Benzema, Arbeloa, Granero y una colección de talento reunida a golpe de ambición y chequera. Pero el equipo seguía sin encontrarse a sí mismo.

Lo entrenaba Manuel Pellegrini y, aunque alcanzó los 96 puntos en Liga, terminó viendo cómo el Barcelona le sacaba tres más y le dejaba otra vez a la intemperie. En Europa persistía la pesadilla: sexto año consecutivo cayendo en octavos de final de la Liga de Campeones, esta vez ante el Lyon. Y en la Copa quedó aquella humillación imborrable de Alcorcón, el 4-0 que retrató a un Madrid desorientado.

Mourinho heredó, además, un vestuario en transición. Se marchaban Raúl y Guti, dos símbolos de otro tiempo, y alrededor del club flotaba una mezcla incómoda de ansiedad y orgullo herido. El Real Madrid seguía siendo un gigante, pero uno que había dejado de comportarse como tal en la Liga de Campeones.

El portugués aterrizó en el Bernabéu recién coronado campeón de Europa con el Inter, después de haber derribado en semifinales al Barcelona de Guardiola, aquel equipo que parecía gobernar el fútbol desde una superioridad casi doctrinal. Florentino Pérez no buscaba únicamente un entrenador. Buscaba un carácter. Un jefe capaz de devolverle al Real Madrid el colmillo perdido.

Por eso la melodía recuerda tanto a la de ahora. Mourinho vuelve a aparecer como el hombre de emergencia, el especialista en incendios emocionales y el técnico al que se acude cuando el equipo necesita recuperar antes el alma que el juego. Entonces encontró a un Real Madrid deprimido por sus derrotas europeas; ahora, a otro golpeado tras terminar dos temporadas consecutivas sin títulos.

Y aquel fue precisamente su gran mérito. Mourinho endureció al Real Madrid. Le devolvió competitividad, lo hizo mirar otra vez a los ojos de Europa y construyó un bloque capaz de discutirle la hegemonía al mejor Barcelona de su historia.

El salto fue evidente. De seis eliminaciones seguidas en octavos se pasó a tres semifinales consecutivas de la Liga de Campeones. Primero fue frenado por el Barcelona de los célebres "¿por qué?" de Mourinho en rueda de prensa; después el Bayern Múnich, que lo eliminó en los penaltis; el último, el Borussia Dortmund. Europa seguía resistiéndose, pero el Real Madrid volvía a compartir mesa con los grandes.

Y mientras tanto, llegaron los títulos domésticos. La Liga de los 100 puntos y los 121 goles en la temporada 2011/12 rompió el dominio azulgrana. También conquistó una Copa del Rey largamente esperada tras 17 temporadas, aquella final decidida por el cabezazo de Cristiano en Mestalla, y una Supercopa más, otra vez frente al Barcelona.

Mourinho cumplió así con lo esencial: devolverle al Real Madrid la sensación de combate, reinstalarlo entre los grandes y reactivar un orgullo competitivo que parecía dormido.

Ahora el espejo devuelve una imagen parecida. El Real Madrid que deja atrás Arbeloa vuelve a ser un equipo con jugadores talentosos, pero emocionalmente vulnerable. Hay estrellas, aunque también síntomas de fragilidad colectiva, desconexión entre referentes y una cierta sensación de desorden permanente sobre el césped.

Entre 2010 y 2013 Mourinho tuvo que levantar a un equipo acomplejado frente al mejor Barcelona. Más de una década después, tendrá que reconstruir a un grupo que parece haber perdido la fe en su propia superioridad.

Ahí reside la coincidencia profunda entre ambas etapas: el Real Madrid no piensa en Mourinho para iniciar un proyecto desde la calma, sino para salir de una crisis de autoridad y recuperar esa identidad feroz que tantas veces explicó sus grandes ciclos. EFE

jjl/sab