Rose Bowl, palco de gestas deportivas y de una final que cambió los mundiales
Mikaela Viqueira
Pasadena (EE.UU.), 2 jun (EFE).- El 17 de julio de 1994, hace 31 años, 10 meses y 13 días, el Rose Bowl de Pasadena (California) se convirtió en el palco de varios hechos sin antecedentes hasta entonces en la historia de los mundiales de fútbol.
Estados Unidos acogía por primera vez una Copa del Mundo, la decimoquinta edición entre las veintitrés ya disputadas.
Inaugurado el 28 de octubre de 1922, hace 103 años, fue declarado Monumento Histórico Nacional por una rica historia deportiva en la que se mezclan las pruebas de ciclismo de los Juegos Olímpicos de 1932, el torneo olímpico de fútbol de Los Angeles'84 y también la final de la Copa del Mundo femenina de 1999.
El Rose albergó cinco ediciones del Super Bowl: 1977, 1980, 1983, 1987 y 1993, un año antes del primer mundial en el país.
La historia del fútbol cambió hace 11.643 días en el césped del gran coliseo de Pasadena. Aquel 17 de julio de hace casi 32 años, bajo un sol de justicia y una audiencia récord hasta ese momento, las selecciones de Brasil e Italia disputaron la primera final definida por el drama de los penaltis.
Ante más de 94.000 espectadores que contenían el aliento bajo un calor asfixiante de casi 40 grados centígrados, el encuentro pareció una desgastante partida de ajedrez que terminó en tablas, sin goles, después de 120 minutos.
Una epopeya milagrosa
Brasil llegaba precedido por un recorrido espectacular, habiendo encajado apenas tres goles en todo el torneo.
Italia, por su parte, avanzaba con sed de venganza y un plantel de grandes figuras.
Ambas selecciones compartían un mismo objetivo: convertirse en el primer país que conquistó cuatro títulos del mundo. Los italianos, además, buscaban saldar una cuenta pendiente: la derrota aparatosa en la final del Mundial de México-70.
El capitán Giuseppe 'Beppe' Bergosi lideró la campaña al convertirse en ejemplo de sacrificio y entrega: jugó los 120 minutos veinticinco días después de someterse a una cirugía en un menisco.
"Fue un milagro estar ahí, aunque el destino final fue cruel", recordaría años después el jugador en una entrevista retrospectiva para la televisión italiana (RAI).
Italia rozó ese día lo imposible. Comenzó la fase de grupos tropezando ante Irlanda, mientras que en las rondas eliminatorias, un providencial Roberto Baggio se echó el equipo a la espalda para rescatarlo del abismo una y otra vez.
El momento en que el mundo se para
Precisamente en sus pies volvía a caer la responsabilidad de mantener con vida el sueño italiano en la tanda de penaltis. La estrella italiana disparó potente, pero el balón se elevó por encima del travesaño de Claudio Taffarel y a continuación se desató la euforia brasileña tras 24 años de sequía de títulos.
Baggio reconoció años después que esa herida jamás cerraría del todo su carrera. Su imagen cabizbajo mientras Taffarel cae de rodillas extasiado para agradecer al cielo mientras el resto del equipo acude en una estampida de júbilo a abrazarlo, sigue siendo el retrato perfecto de la gloria y la tragedia del fútbol.
Aquella mítica final en el Rose Bowl de Pasadena no solo desafió a la historia, sino también al termómetro: el sofocante calor obligó a realizar, por primera vez en un Mundial, un parón para hidratación.
Bajo ese sol abrasador, el torneo selló aun así un récord absoluto de asistencia que consolidó al torneo estadounidense como el más concurrido de todos los tiempos.
Fue, además, un Mundial de contrastes generacionales, con el camerunés Roger Milla convirtiéndose, a los 42 años, en el jugador más longevo en anotar en un Mundial y un jovencísimo Ronaldo Nazário, con apenas 17 años, festejaba el título con Brasil desde el banquillo, sin haber jugado ni un solo minuto.
Y, como dato curioso, la FIFA introdujo la revolucionaria medida de obligar a las naciones a portar los nombres impresos en la parte trasera de las equipaciones, modernizando así una nueva era de fútbol que ahora parece lejana. EFE
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