Starmer, un primer ministro tibio e impopular que dimite sin cumplir su promesa de cambio
Raúl Bobé
Londres, 22 jun (EFE).- Keir Starmer anunció este lunes su dimisión como líder del Partido Laborista y primer ministro británico, tras perder el apoyo de su grupo parlamentario.
Starmer prometió que hará todo lo posible para conseguir una transición ordenada del Ejecutivo.
Al frente de un Gobierno laborista que, en algo menos de dos años, pasó de obtener la mayoría absoluta bajo la promesa de traer un cambio al país, a convertirse en tremendamente impopular entre los británicos.
Abogado de profesión, Starmer llegó el 4 de julio de 2024 a la residencia oficial del 10 de Downing Street con una victoria rotunda en las elecciones generales, tras 14 años de gobiernos conservadores.
Con un perfil serio y poco carismático -lejos de las excentricidades de Boris Johnson-, Starmer contaba a sus espaldas, no obstante, con una larga y exitosa trayectoria política y de gestión pública como principal baza.
Pero el mandato laborista de Starmer se ha caracterizado por su tibieza a la hora de posicionarse en temas controvertidos como el conflicto palestino-israelí, así como por algunas decisiones fiscales y políticas muy criticadas, como el recorte de ayudas a pensionistas o el nombramiento del exministro Peter Mandelson, con estrechos vínculos con el pederasta convicto estadounidense Jeffrey Epstein, como embajador en Washington.
Por otro lado, también abogó por restablecer las relaciones entre el Reino Unido y la Unión Europea (UE), dañadas tras el Brexit, en materia comercial, seguridad y de defensa -sin atreverse a abogar por una vuelta del país a la UE-, y dio el paso al frente a la hora de encabezar iniciativas internacionales como la denominada Coalición de Voluntarios, junto a Francia, para crear una posible fuerza de paz multinacional en Ucrania.
Pero su forma de gobernar no convenció ni al electorado que le había apoyado en un inicio, que dio la espalda al Partido Laborista en las elecciones locales y regionales del pasado 7 de mayo; ni a sus propios correligionarios, que acabaron pidiendo por decenas su dimisión como primer ministro y líder de la formación.
Laborista desde la cuna
Nacido el 2 de septiembre de 1962 en el barrio londinense de Southwark, hijo de una enfermera y un obrero industrial, Starmer se nutrió del laborismo desde la cuna, y se dice que debe su nombre al primer miembro del Partido Laborista en el Parlamento británico, Keir Hardie.
Licenciado en Derecho por la Universidad de Leeds, y con un máster en Derecho Civil en la de Oxford, Starmer empezó a ejercer como abogado en 1987, centrado en causas de derechos humanos y participando en procesos de alto perfil, que llevaron a su nombramiento como director de la Fiscalía de Inglaterra y Gales en 2008.
El que fuese "uno de los abogados más brillantes de su generación", como lo llamó la prensa británica de entonces, abandonó la carrera fiscal en 2013, y dos años después dio el salto a la política como parlamentario en la Cámara de los Comunes (baja) con el Partido Laborista.
Tras el referéndum del Brexit en 2016, fue nombrado portavoz laborista sobre este asunto, entonces bajo el liderazgo del izquierdista Jeremy Corbyn, a quien acabaría sucediendo como cabeza de partido después de que Corbyn se viera forzado a dimitir entre acusaciones de antisemitismo. A Starmer (casado con Victoria, de origen judío), al contrario que Corbyn, se le ha atribuido una actitud demasiado complaciente con Israel.
Objetivo: frenar el auge populista
En abril de 2020 fue elegido líder del Partido Laborista con un 56 % de los votos en las primarias, con el objetivo de reconstruir la formación en un escenario posbrexit y tras una derrota electoral.
Seis años después, el escenario que deja tras de sí para la formación es similar, por no decir incluso peor. El descontento social con el Gobierno de Starmer ha sido un catalizador para la derecha populista de Nigel Farage, uno de los principales impulsores del Brexit, cuya formación Reform UK lidera ahora las encuestas de opinión de voto de cara a las próximas elecciones generales, previstas para 2029.
Los laboristas vieron claro, tras perder 1.500 concejales en Inglaterra y feudos como el de Gales, que si querían tener alguna opción de revalidar por una segunda legislatura frente al auge populista de Farage, tenía que ser con un líder diferente a Starmer.
El primer ministro se aferró al cargo hasta el último día, intentó reconducir las prioridades del Gobierno con ánimos renovados, rescató incluso al exmandatario laborista Gordon Brown en un gesto simbólico para afianzar su posición interna como líder, pero nada fue suficiente para evitar su salida de Downing Street. EFE
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