La selección boliviana no clasificó al mundial. Como corresponde a mi honesta ignorancia futbolística, me abstendré de explicar esquemas tácticos, presión de la delantera o misterios del mediocampo. Pero sí puedo detenerme en algo más interesante de área de trabajo: ese fenómeno colectivo, casi eléctrico, que durante semanas recorrió Bolivia como una corriente invisible. Una esperanza densa, casi tangible, que se podía cortar con cuchillo y que, por un breve instante, nos hizo sentir parte de un mismo relato.
En esos días, el país operó como una comunidad cohesionada. Familias, empresas, personas de diferentes clases sociales, oficinas públicas, mercados, plazas y redes sociales se sincronizaron alrededor de un mismo evento. No era solo fútbol; era una coreografía social espontánea. Esa sensación, efímera pero poderosa, tiene un nombre en las ciencias sociales: capital social. Hoy domingo vamos a soltarnos una cañita académica y nos reconocimiento a la selección de fútbol boliviano.
El concepto de capital social ha sido desarrollado por múltiples autores, pero uno de sus exponentes más influyentes es Robert Putnam, quien lo define como el conjunto de redes, normas y confianza que facilitan la coordinación y cooperación para el beneficio mutuo. En términos más simples, el capital social es esa capacidad de una sociedad para “hacer cosas juntas” sin necesidad de recurrir constantemente a contratos formales o mecanismos de coerción.
Putnam, en su célebre estudio sobre Italia, mostró que las diferencias en desarrollo económico entre el norte y el sur no se explicaban únicamente por factores tradicionales como infraestructura o inversión, sino por algo más sutil pero decisivo: la densidad de redes sociales y la confianza interpersonal. En el norte, las personas confiaban más entre sí, participaban en asociaciones cívicas y cooperaban con mayor facilidad; en el sur, en cambio, predominaban relaciones fragmentadas y una lógica más defensiva. El resultado fue una brecha persistente en términos de desarrollo económico e institucional.
Este hallazgo introduce una idea profundamente incómoda para el economista tradicional: el crecimiento económico no depende exclusivamente del capital físico, ni del capital humano, ni siquiera del capital financiero. Depende también, y a veces de manera decisiva, del capital social. De la capacidad de una sociedad de hacer cosas conjuntas como emprender, invertir y crecer.
El capital social opera como un lubricante invisible de la economía. Reduce los costos de transacción, facilita el cumplimiento de acuerdos, mejora la eficiencia de los mercados y fortalece la gobernanza. Cuando existe confianza, las personas están más dispuestas a invertir, asociarse e innovar. Cuando no existe, cada interacción económica se convierte en una negociación defensiva, cargada de sospecha, burocracia y costos adicionales.
Ahora bien, no todo capital social es igual. Podemos distinguir entre el “bonding social capital” (capital social de cohesión), que une a grupos homogéneos (familia, gremio, comunidad), el “bridging social capital” (capital social de puentes), que conecta grupos distintos, y el “linking social capital” (capital social de vinculación) que vincula a la sociedad con las instituciones. Una sociedad puede ser rica en cohesión interna, pero pobre en conexiones externas, y esa combinación, aunque funcional para sobrevivir, puede limitar seriamente el desarrollo.
Aquí es donde el caso boliviano adquiere una riqueza analítica particular. La socióloga Fernanda Wanderley estudió el capital social en el occidente del país, especialmente en El Alto, y encontró precisamente esa paradoja: una densidad extraordinaria de redes sociales, pero con una orientación predominantemente defensiva.
Los comerciantes y artesanos alteños no solo comparten espacios económicos; comparten origen, historia y pertenencia. Provienen de los mismos pueblos, participan en las mismas organizaciones gremiales, mantienen lazos familiares estrechos y hasta coinciden en las canchas de fútbol dominicales. Es un capital social fuerte, cohesivo, profundamente enraizado. Pero es, sobre todo, un capital social hacia adentro.
Su principal virtud, y al mismo tiempo su principal límite, es su capacidad de reacción. Cuando una política pública amenaza al sector, estas redes se activan con notable eficacia: se coordinan, se movilizan, presionan y resisten. Es un capital social que protesta bien, que bloquea con eficiencia, que defiende intereses comunes con disciplina casi coreográfica.
Pero no necesariamente es un capital social que produce bien.
El problema no es la falta de vínculos, sino su dirección. Este tipo de capital social genera confianza interna, pero no necesariamente confianza extendida. Favorece la solidaridad intragrupal, pero dificulta la articulación con otros sectores, la adopción de nuevas tecnologías o la inserción en mercados más complejos. En términos analíticos, hay un exceso de “bonding” y una escasez relativa de “bridging” y “linking”. En términos más terrenales tenemos demasiado capital social “de puertas adentro” (el que une a la familia, al gremio, al compadre) y muy poco capital social “de puentes” (el que conecta con otros grupos) y “de conexiones” (el que vincula con las instituciones).
Dicho con cierta ironía elegante: es un capital social extraordinariamente eficiente para organizar bloqueos, pero menos eficaz para organizar conglomerados productivos.
Las implicaciones económicas son profundas. Un capital social predominantemente defensivo tiende a preservar estructuras existentes antes que transformarlas. Protege al grupo, pero no siempre lo proyecta hacia nuevas oportunidades. En contextos de alta incertidumbre institucional, como el boliviano, esta lógica es comprensible e incluso racional: cuando el Estado es débil o impredecible, la confianza se refugia en lo cercano. Pero esa misma estrategia de supervivencia puede convertirse, a largo plazo, en un límite al desarrollo.
Y aquí volvemos al fútbol.
Durante esas semanas de ilusión mundialista, Bolivia experimentó una expansión temporal de su capital social, particularmente en su dimensión “bridging”, de crear puentes. Personas de distintas regiones, clases sociales e ideologías compartieron una emoción común. Se generó un “nosotros” más amplio, menos fragmentado. Por un breve instante, el país dejó de ser una suma de islas para convertirse en una comunidad.
El problema, como suele ocurrir, es la temporalidad. Este capital social emocional es intenso pero efímero. No se traduce automáticamente en instituciones más sólidas ni en una cultura sostenida de cooperación. Es un capital social de alta volatilidad: sube rápido, emociona mucho y luego se evapora.
Sin embargo, sería un error subestimarlo. Estos episodios revelan algo fundamental: la capacidad latente de la sociedad boliviana para coordinarse, confiar y actuar colectivamente existe. No es un recurso inexistente; es un recurso subutilizado.
La pregunta relevante, entonces, no es por qué Bolivia no clasificó al mundial, sino cómo transformar ese capital social efímero y ese capital social defensivo en un capital social productivo. Cómo pasar de la emoción compartida a la cooperación sostenida. De la reacción a la creación.
Esto implica desafíos institucionales profundos: construir confianza en las reglas del juego, fortalecer la calidad del Estado, promover redes más abiertas y facilitar la interacción entre distintos sectores. Implica ampliar el radio de confianza, pasar del “nos defendemos juntos” al “producimos juntos hacia afuera”.
Porque el desarrollo económico no ocurre solo cuando las personas confían intensamente dentro de su grupo, sino cuando son capaces de confiar lo suficiente fuera de él.
Bolivia, en esos días de fútbol y en las calles organizadas de El Alto, nos mostró dos caras del mismo fenómeno: la potencia de su cohesión social y los límites de su orientación. Tiene la energía para resistir y la capacidad para unirse. El desafío es convertir esa energía en productividad, esa unidad en innovación y esa esperanza, que alguna vez se pudo cortar con cuchillo, en una estrategia de desarrollo que no dependa de un partido, sino de un proyecto compartido de nación.