En su libro Tolstói o Dostoievski, George Steiner sostiene que el arte puede ser una premonición de la catástrofe social. Así, en Los demonios (1872), Dostoievski perfilaba la distopía del siglo XX. En cambio, a otros les tocó registrarla mientras ocurría. Por ejemplo, en el segundo movimiento de su sinfonía No. 10, Shostakovich al parecer se inspiró en José Stalin. Lo sugieren esas frenéticas notas de violencia y pavor, huérfanas de límites. La cuestión nos es relevante, por el arte al que rendimos culto hoy.

El abogado torturador que escandalizó al país hace años y luego volvió a un agradable anonimato tenía colgada en su oficina una foto de Al Pacino en la cinta Cara cortada y otra en El Padrino II. Esas imágenes remplazaban el cuadro de Jesús, Bolívar o el Che Guevara, antaño más frecuentados.

Otro ejemplar de mi gremio, hombre fuerte hace un lustro y también hace dos, alguna vez deslizó en la prensa cómo la película El Padrino era el breviario de su credo personal.

Deduzco que en ninguno de los colegas se trata de la versión blanda de la cultura de El Padrino. Esa que, por ejemplo, refleja You´ve Got Mail (“Tienes mensaje”), una comedia cursi (...que me encanta) de inicios de la era de internet. Basada en la estructura de la novela Orgullo y prejuicio de Jane Austen, Tom Hanks es allí un ¿frío? empresario de una cadena de librerías. Él filtra a cada paso los consejos de El Padrino. Comenzando por el gastado “no es personal, es solo negocios” hasta ese giro idiosincrático al pasar: “deja la pistola y trae los cannoli”.

Michael Corleone gime en El Padrino III: “¡Justo cuando ya estaba fuera, me jalan de nuevo adentro!”. Esa imprecación podría estar en boca de varios vacunados por la maléfica política boliviana. En la serie Los Soprano, el malandro Silvio Dante repite la frase, sobreactuándola. Silvio es interpretado por Steven Van Zandt, el guitarrista italoamericano de Bruce Springsteen. El arte contemporáneo es omnipresente en las urbes.

Precisamente, en 1999 comenzó a transmitirse en Estados Unidos la serie Los Soprano. Reminiscente de la saga de El Padrino y, sobre todo, del filme Buenos Muchachos de Martin Scorsesse, Los Soprano introdujo paradojas en el género. Por ejemplo, que el jefe mafioso tuviera una familia funcional y, encima, fragilidades que desahogar ante una sicoterapeuta. La misma actriz que sicoanaliza a Tony Soprano es en Buenos Muchachos la esposa del protagonista, encarnado por el actor Ray Liotta, el de la risa explosiva. Un vecino que se atreve a vejar a su pareja, recibe de aquel una triple descarga en el rostro con la cacha de un revolver. No soy aún tan desinhibido como aquel jurista torturador y valluno, pero repito esa escena cuando la veo. Me regodea esa retribución, en género, del abuso.

Hace por lo menos un cuarto de siglo, se consagra a los villanos, atractivos, en el formato audiovisual masivo. Es ese el sentido del grueso de las obras de cine y de las plataformas. Desde Los Soprano, pasando por Juego de Tronos, las series enganchan por su pesimismo antropológico. El héroe muere degollado pronto. El hijo de una joven parece heredar su ternura; luego la desmiente con una ruindad de su bestia in pectore.

En mi niñez, la simpatía por la pareja de delincuentes del largometraje Bonnie & Clyde suscitaba mal de conciencia. Traicionados y cocinados a bala, su muerte desataba empatía culpable. Ahora las series prometen pasiones bajas, pero ya no incitan avemarías. Somos adultos orgullosos, libres por fin de mojigaterías: vemos de frente el mal de este mundo.

En su texto Los cuatro ciclos, Jorge Luis Borges reduce a ese número las narraciones de cualquier historia humana. A propósito de una de aquellas, Borges afirma que al héroe invariablemente le espera la derrota. Y agrega: “Somos tan pobres de valor y de fe que ya el happy-ending no es otra cosa que un halago industrial. No podemos creer en el cielo, pero sí en el infierno.”

Borges escribía eso en 1972. Imaginemos el porvenir que el arte actual augura o tal vez ya solo expresa mientras sucede, como Shostakovich en el siglo XX. Ese arte que es ahora la Vulgata de las masas -como para el abogado verdugo- y premonición a la vez.