Sólo dos caminos hay hoy

Publicación: Hace 1 hora
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Esos son los dos caminos que hoy hay: o avanzar (a como dé lugar, con ricino o sin él) o prepararnos para retroceder... al corporativismo y al Estado narcoprotector. Ése avance al que en agosto pasado el 86,65 % de los electores votamos para salirnos del ciclo destructor del MAS. (Porque pareciera mentira pero, después de los 54 días, tendríamos que decir parodiando a Cornielle —y antes Ruiz de Alarcón, que en nuestro Siglo de Oro todo hay—, «Les gens que vous tuez se portent assez bien» o, mejor, en nuestra versión mediterránea de «esos que creíamos muertos, bien vivos aún están»... aunque no nos lo parecía).

Hace once meses que votamos NO contra el dicenio masista y todo lo que representó (populismo hambreador, culto a la personalidad, racismo, ¡corrupción!, despilfarro, inculturización, injusticia, persecución...) y ocho meses ha que elegimos un nuevo gobierno, pero ¿cuánto hemos avanzado en reescribir nuestra historia, en la profunda reingeniería institucional —la de todo el Estado— por la que votamos? Claro que era —es— una tarea difícil, dificilísima, porque del 2006 al 2025 el aparato del MAS (de los MASes, dicho en propiedad aunque “fueran los mismos perros con distintos collares”) desarmó a conveniencia y cooptación el Estado —el Legislativo, el Judicial, el Ejecutivo ya lo tenía y el Electoral lo parió y acunó— y lo recreó a su voluntad, a su semejanza, como si su chacra fuera (no su ayllu porque nadie opinaba ni podía disentir) pero todo se le hace cuesta arriba al ganador si realmente no tenía un plan, un Proyecto —y no digo a mediano plazo—: Faltaba un proyecto de inmediatez, un programa para abordar urgencias, y sólo le quedaba un objetivo con dos flacos: tabear, frenar, al MAS y, de vez, mantenerse en el Poder que se estaba ganando. Me atreveré a decir ganando inesperadamente.

Fijemos las condiciones: Primero, Paz no tenía partido propio; en 2020 fue senador con Comunidad Ciudadana (que tampoco era partido y ya estaba moribunda hacía un buen tiempo) y que en las previas de 2024 —cuando “la UNIDAD” apareció— nunca lo consideró; no le quedó más que alquilarse (o alquilar, según se mire) al PDC, un partido que fortuitamente había estado en gobierno con Jaime, su padre —en el intercambio (cual cambalache) del Acuerdo Patriótico, aquel momento cuando terceros fueron primeros—, y que en 2014 había cobijado a parte de la oposición parlamentaria (la principal en número estuvo en Unidad Democrática).

Segundo: El programa que defendía Paz hasta esa victoria parcial tenía mucho de Dunn y buena memoria de De Soto y su capitalismo popular. Pero eso duró hasta la noche del 17 de agosto: En ese momento preciso, Lara (segunda rueda del carro de Paz), se lanzó a cobrar esa victoria y enturbió, de ahí en adelante, todo el panorama político del partido con primera mayoría y, después (aunque decreciente por desgaste propio), del primer año de Gobierno.

Tercero: Si UNIDAD quedó tercero, la decisión contundente y palmaria de cerrar el camino al primero —LIBRE— no necesitó de los socios y esa misma noche, muy poco después del anuncio de resultados preliminares, Doria Medina anunció ante sus cercanos y los medios que apoyarían a Paz y el PDC. Un apoyo que fue, desde el inicio, más allá del apoyo parlamentario de su tercera bancada (la de Paz, aunque mayoritaria, estaba, entonces y más ahora, dividida entre pacistas, laristas, algunos PDC y otros no afiliados claramente a alguna facción), la de construirle su equipo de Gobierno.

Construcción que, a resultados vista, no fraguó. Samuelistas (obvio que son definitivamente samuelistas los de UNIDAD), exmiristas y familiares de Paz (¿dónde se diferencian?, yo no sabría), empresarios agropecuarios y “otros” (no defino la procedencia) han convivido en una Administración que ha tenido como definición la de estira y afloja —sus decretos han aparecido y se han estido—; que no supo apoyarse claramente en la Asamblea (parte de ello, pero no todo, achacable a Lara y los laristas); que no creó un Pacto de Unidad con las cuatro fuerzas democráticas en el Legislativo; que no ha trabajado en la reconstrucción institucional —la peor por nulo avance: la de la Justicia, pero tampoco avanzó significativamente en Ejecutivo y Electoral—; que no ha solucionado permanentemente la escasez de hidrocarburos (peor: no previno la contaminación) aunque le costó el laburo a la plana mayor del Sector: Ministerio, YPFB y ANF; que no ha avanzado en el Pacto Fiscal; que no ha pasado de cobijarse en un soporte circunstancial poco beneficioso (PDC) a tener organización política propia (PATRIA en sus variantes ha sido intrascendente, incluso donde obtuvo magros resultados subnacionales que le dieron victoria). Si algo ha sido proactivo —¿o le han sido para blindar el broche regional?— es en el plano internacional pero, dentro, no ha sabido prevenir las crisis ni solucionarlas atinadamente antes de que crecieran: el mérito de acabar los cincuenta y tantos días desgastando a los bloqueadores fue del sufrimiento y carestías del ciudadano común; de los empresarios agropecuarios e industriales que tuvieron ingentes pérdidas (más de 3.000 millones de dólares americanos, que nos afectan a todos); de los transportistas varados; de los exportadores e importadores que sufrieron la pérdida de sus esfuerzos; de los gremiales y comerciantes que hicieron malabares para no cerrar (y ganaron insultos de vuelta de molestos consumidores muchas veces); de los pequeños empresarios y emprendedores que quebraron. Y es también mérito de la Conferencia Episcopal que —tan relegada y negada como toda la Iglesia durante el masismo— demostró que siempre será muy provechosa y eficaz compañera del mismo viaje de todo el pueblo boliviano.

Hoy al Gobierno Paz le queda releerse profundamente y entender que el bono de gracias de los primeros cien días de convivencia con el país terminó hace cinco meses: trabajar con la Asamblea; potenciar la relación con los gobiernos subnacionales (gobernaciones y alcaldías) más allá del signo político y rehacer eficientemente la organización autonómica del país —incluyendo la federalización, mala palabra para algunos pero que fue bandera en la Deliberante de 1825 y que el mismo Paz dijo apoyarla—; conseguir inversiones más que créditos (sobre todo en hidrocarburos pero en todas las demás actividades, incluido el tan manido litio); terminar de cribar todo (y todos) lo ineficiente del anterior régimen; reinstitucionalizar el país; relanzar la economía... En fin: un Proyecto País no sólo hasta 2030 sino a mucho más largo plazo. Sólo así sobrevivirá en su período y podrá ocupar un espacio en la historia democrática.

Me quedan preocupaciones, ya sean lastres del período anterior como consecuencias de estos dos meses críticos. Lastre del masismo es el del enemigo cardinal que —junto con “la derecha” y el “imperialismo gringo”— fue central para justificar todos los errores de 2006 a 2025: Santa Cruz, pararrayo que vuelve a oírse y leerse críticamente (peor: por su éxito) entre quienes nunca fueron afectos al anterior régimen. El otro es un resurgimiento del racismo contra el indígena rural tras los bloqueos y sus bloqueadores. Tarea no menor del Estado y el Gobiernos es el de solucionarlos.

Confiemos que los aprendizajes hayan sido fructíferos en el Gobierno y en los que quisieron caerlo. Dios ayude a Bolivia.

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