Áxel Corres: "Nunca he tenido ganas de tirar la toalla; el cáncer no me iba a ganar"
Adrián Vázquez
Sabadell (España), 16 sep (EFE).- La carrera del español Áxel Corres (Barcelona, 1999) cambió de golpe cuando un tromboembolismo pulmonar destapó un cáncer testicular con metástasis que obligó a extirparle un riñón. La enfermedad le apartó temporalmente del waterpolo, pero nunca le hizo plantearse "tirar la toalla".
Quince meses después, ya de nuevo en la piscina, el jugador catalán recuerda en una entrevista con EFE aquellos meses con la perspectiva de quien tuvo que disputar el partido más importante de su vida fuera del agua y con una certeza intacta: el cáncer no iba a decidir el final de su carrera.
"Nunca he tenido ganas de tirar la toalla. Las cosas siempre han ido bien y, por suerte, la enfermedad ha evolucionado favorablemente. Todo ha ido a pedir de boca y eso también ayuda, obviamente. Si las cosas hubiesen ido mal, seguramente otro gallo cantaría. Pero mi historia es esta", afirma el jugador del CN Sabadell, de la División de Honor del waterpolo español.
"Una hostia de realidad muy grande"
Corres atravesaba uno de los mejores momentos de su carrera. Había encontrado la continuidad que buscaba, progresaba como deportista y miraba al futuro con ambición. "Estaba en mi mejor momento y, de golpe, mi vida cambió por completo", recuerda.
El primer aviso llegó en el agua. Empezó a notar que se ahogaba más de lo habitual, una sensación que no desaparecía y que, después de unos días, le llevó al médico. Lo que parecía un problema puntual acabó en un ingreso hospitalario que terminaría cambiándole la vida.
"Me ingresaron por un tromboembolismo pulmonar y, después de dos semanas de incertidumbre, un PET-TAC detectó el cáncer testicular, que fue el causante de todo", detalla.
Hasta entonces, nada le había hecho pensar que pudiera estar enfermo. De repente, aquel deportista que se encontraba en plena progresión tenía delante una palabra capaz de cambiarlo todo. "Fue una hostia de realidad muy grande. La palabra cáncer interpela a todo el mundo y siempre es difícil de asumir. La primera reacción es de miedo", reconoce.
Encontrar normalidad en medio del tratamiento
Las visitas al hospital, el quirófano y las sesiones de quimioterapia le hicieron tomar conciencia de la dimensión de lo que estaba viviendo. Durante aquellos meses, también tuvo que aprender a convivir con los tiempos muertos. La quimioterapia marcaba el calendario, pero entre una sesión y otra quedaban días que había que aprender a llenar.
"Sobre todo, aprovechaba las semanas en las que no tenía nada, en las que no había quimioterapia, para hacer ejercicio físico, salir a caminar e intentar ver a mi pareja, a mi familia y a mis amigos", cuenta.
Pero hubo momentos en los que ni el ejercicio ni la compañía bastaban para apartar lo que estaba ocurriendo. También llegaron las noches difíciles, cuando el ruido del hospital desaparecía y quedaba espacio para pensar. Corres no esconde esa parte del proceso.
"Durante el primer mes a lo mejor lloraba cada noche", recuerda. "Cuando lloras también conectas contigo mismo un poco, hablas contigo y eso es muy importante a veces", añade.
La primera señal de esperanza
El primer gran indicio de que el tratamiento estaba funcionando llegó mientras todavía estaba inmerso en la quimioterapia. Los marcadores tumorales habían bajado, un descenso que abría la puerta a imaginar un desenlace distinto al que durante semanas había temido.
A partir de ahí, cada etapa le fue acercando un poco más al final de la enfermedad: primero la operación y, después, una recuperación más corta gracias a una cirugía mínimamente invasiva empleada por el doctor Lluís Peri para extirparle el riñón y la masa tumoral restante.
"Ahí ya sí que digo: ahora sí que ya lo tengo todo, ahora ya vamos a ir a por ello", recuerda. Pero todavía faltaba un último paso: volver a ponerse el bañador, entrar en una piscina y competir de nuevo.
Un regreso que parecía escrito
La oportunidad llegó el pasado miércoles, en la vuelta de los cuartos de final de la Copa Catalunya. Y el escenario no podía ser más especial. Enfrente estaba el Mediterrani, el club en el que empezó y al que todavía considera el club de su vida. En el banquillo rival, además, estaba su padre, como segundo entrenador.
"Fue una mezcla de emociones. No me lo tomaba como un partido normal, porque todavía no estoy al cien por cien físicamente ni al cien por cien de mis capacidades; aún me queda mucho trabajo por hacer. Pero sí es verdad que era el pasito que quería dar y que quería cumplir", admite.
Había tenido que aprender a esperar, a aceptar los días malos, a escuchar al cuerpo y a entender que la recuperación también consistía en avanzar poco a poco. Incluso después de cumplir uno de los objetivos que se había marcado durante la enfermedad, ya piensa en el siguiente.
"Tengo un problema y es que no soy conformista en ese sentido. No me quiero quedar aquí, quiero ir a más. Siempre quiero llegar un poquito más allá y mi objetivo real es volver a recuperar el nivel que tenía", señala.
Lo que la enfermedad le enseñó
La enfermedad, reconoce, no le ha convertido en otra persona. Sigue teniendo el mismo sentido del humor y la misma manera de relacionarse con los demás. Lo que sí ha cambiado es su forma de mirar determinadas situaciones, aprender a relativizar, a detenerse y, sobre todo, a conocerse en circunstancias que nunca había imaginado.
"Gracias a la enfermedad he conocido cosas de mí que ni siquiera sabía que era capaz de hacer. Ha sido un proceso que, al final, aun sacando todo lo malo, creo que ha sido una experiencia positiva", reflexiona.
Entre ellas está una capacidad de resistencia que desconocía. Durante los meses más duros tuvo que convivir con el miedo, el cansancio y la incertidumbre, pero también con la necesidad de mantener cierta fortaleza delante de quienes estaban a su alrededor.
"No sabía que tenía tanta capacidad de resiliencia, de tirar hacia adelante en algunos momentos, de ser capaz de sacar una sonrisa cuando realmente por dentro estás roto. Y, en eso, la verdad es que mi cabeza me ha ayudado mucho", admite.
Por eso, cuando piensa en las personas que puedan estar atravesando ahora un proceso parecido, no pretende convertir su experiencia en una receta. Sabe que cada enfermedad es distinta y que cada persona la afronta de una manera diferente. "Esta es mi historia y cada uno vive su historia como uno quiere", puntualiza. EFE
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