Beatifican a sacerdote guatemalteco asesinado por militares durante la guerra civil
Santa Lucía Milpas Altas (Guatemala), Guatemala, 7 Nov 2026 (AFP) -
El sacerdote guatemalteco Augusto Ramírez, torturado y asesinado por militares en el periodo de guerra civil por negarse a revelar la confesión de un guerrillero, fue beatificado este sábado en una multitudinaria ceremonia.
El fraile franciscano fue acribillado a balazos, incluido uno en la cabeza, el 7 de noviembre de 1983 en el centro de Ciudad de Guatemala tras escapar de manos atadas y con los pies descalzos de un vehículo donde iba secuestrado.
Guatemala vivió 36 años (1960-1996) de un conflicto que enfrentó a las fuerzas de seguridad y grupos guerrilleros con saldo de unos 200.000 muertos y desaparecidos.
El crimen de Ramírez, considerado mártir por "la defensa heroica del secreto de la confesión", permanece en la impunidad. El religioso era acusado de cooperar con la guerrilla izquierdista.
El rito de beatificación fue encabezado por el cardenal Francisco Robles, delegado del papa León XIV, en el poblado indígena maya de Santa Lucía Milpas Altas, unos 35 km al oeste de la capital.
A la misa por la beatificación de Ramírez asistieron más de 10.000 feligreses, según la policía, además de una treintena de obispos y 300 sacerdotes.
El religioso nació el 5 de noviembre de 1937 en Ciudad de Guatemala, se formó en Nicaragua y España, donde se ordenó sacerdote en 1967. Once años después asumió como párroco de la iglesia de San Francisco El Grande, en la colonial Antigua, cercana al lugar donde fue beatificado.
En junio de 1983, el guerrillero Fidel Coroy llegó al templo a confesarse con Ramírez porque se acogería a una amnistía otorgada por el fallecido dictador Efraín Ríos Montt (1982-1983).
Tras la confesión, el sacerdote fue detenido y torturado.
Por su parte, Coroy sobrevivió a las torturas y dado por muerto por sus captores que lo dejaron tirado a la orilla de una carretera.
Otros miembros de la Iglesia Católica ya han sido beatificados por haber sido perseguidos, torturados y asesinados durante la guerra guatemalteca.
"Si bien hace 43 años su muerte fue motivo de gran conmoción y dolor, hoy, esa sangre derramada por fidelidad, es motivo de gozo", afirmó la Conferencia Episcopal de Guatemala (CEG) en un comunicado.
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