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El Bosque de Arenberg, en el corazón del Infierno de la París-Roubaix

El Bosque de Arenberg, en el corazón del Infierno de la París-Roubaix

Wallers, Francia, 10 Abr 2026 (AFP) -

"Cuando entras en el Bosque de Arenberg, cierras los ojos y rezas". Bienvenidos al sector adoquinado más célebre y más peligroso de la París-Roubaix. Bienvenidos al Infierno del Norte.

Este domingo, el famoso camino empedrado de 2.300 metros que atraviesa el bosque de Raismes-Saint-Amand-Wallers, promete de nuevo ser el lugar donde el pelotón ciclista salte hecho añicos durante la Reina de las Clásicas.

Faltarán aún 95 km para llegar al velódromo de Roubaix, pero será en este sector donde se haga el cribado entre los aspirantes a la gloria y aquellos que acaben abandonando o, incluso, en el hospital.

"Este pavé es muy diferente de los demás. Muy duro. Completamente disociado. Golpea muchísimo. Hay un gran riesgo de pinchazos, de rotura de una rueda o de la bicicleta. Mientras no se haya pasado Arenberg, no hay ninguna garantía de llegar hasta Roubaix", resume Thierry Gouvenou, el director de la prueba, vencedor de la París-Roubaix amateur en 1990 y 7º entre los profesionales en 2002.

Oficialmente llamada la Drève des Boules d'Hérin, este tramo martiriza al pelotón desde 1968, por iniciativa de Jean Stablinski, campeón del mundo en 1962, que trabajó en las minas de Arenberg antes de hacerse ciclista.

Desde entonces, generaciones de corredores se han dejado ahí los dientes o un fémur.

- "Cuanto más rápido, más fácil es" -

En 1998, el belga Johan Museeuw, gran favorito, se rompió una rótula y escapó por poco a la amputación.

Tres años más tarde, Philippe Gaumont se fracturó la pierna y en 2016 fue la imagen del australiano Mitchell Docker, con el rostro ensangrentado, la que dio la vuelta al Mundo.

"Esta sector da miedo a todo el mundo", explica Julien Jurdie, director deportivo del equipo Decathlon.

"Cuando entras en é, cierras los ojos y rezas". Y una vez dentro, es un calvario. Te sacude en todos los sentidos. Los brazos, y más aún que las piernas, son sometidos a suplicio. Te duele la cabeza de tanto que sacude. Es brutal".

Para sobrevivir, no hay elección: "Hay que ir rápido. Cuanto más rápido vas, más fácil es. Si no, tropiezas con todos los adoquines", explica Cédric Coutouly, con cinco París-Roubaix en su haber entre 2005 y 2010.

No obstante, la entrada al sector adoquinado se ha ralentizado desde hace dos años. La aproximación en falso llano descendente, que permitía a los corredores abordar el camino a 75 km/h, se consideró demasiado peligrosa.

Tras una chicane provisional en 2024, los organizadores han trazado un desvío que bordea el complejo minero de Arenberg con el que reducir la velocidad de los corredores.

Pero Arenberg sigue siendo el lugar más propicio a los accidentes en el ciclismo y da miedo. "¿Arenberg? Aterrador", lo describe Tadej Pogacar.

- Los "fetichistas", ladrones de adoquines -

La carrera femenina sigue evitando este tramo, al considerarlo demasiado peligroso.

Y cuando llueve, es aún peor.

Los adoquines de granito, ya a menudo húmedos debido al entorno forestal, se vuelven terriblemente resbaladizos, también por las briznas de hierba que nacen entre las piedras.

El lugar está catalogado y la circulación de vehículos a motor está estrictamente prohibida. "No se puede pasar con vehículos de limpieza, por eso la naturaleza recupera fácilmente sus derechos", subraya Gouvenou.

Este es el motivo por el que, este año de nuevo, unas cabras se encargan de desbrozar la zona durante un mes.

Otro animal, el jabalí, ha sido menos colaborador. "Los jabalíes son los dueños del Bosque de Arenberg y dejan mucha tierra y hojas sobre los adoquines. Este año hizo falta una gran limpieza", añade Gouvenou.

Pero hasta el domingo, otro peligro amenaza la "Trouée". "Hay unos 'fetichistas' que roban adoquines, nos faltan una treintena que habrá que reemplazar antes de la carrera", explica a la AFP Pascal Sergent, presidente de los Amigos de la París-Roubaix, una asociación dedicada a la preservación y el mantenimiento de los sectores adoquinados.

Tal vez ese sea el precio a pagar por construir un mito del ciclismo: un paraíso para sus aficionados, un infierno para los corredores.

jk/cto/mcd