El frágil equilibrio de Milán entre la riqueza y la desigualdad social
Gonzalo Sánchez
Milán (Italia), 25 oct (EFE).- Solo 15 minutos de metro separan el exclusivo centro de Milán de sus barrios. La gran capital italiana de la moda encierra esa paradoja, la de un universo de consumismo al que muchos no tienen acceso, y los últimos saqueos han revelado la inevitable cercanía entre ambas realidades.
Milán siempre fue la tarjeta de presentación de Italia ante el mundo: monumental, fría, la ciudad del grandioso Duomo, de las boutiques, los negocios, de la ópera... de las oportunidades.
Pero últimamente se ha convertido en un foco de malestar social. Hace una semana cientos de jóvenes, muchos niños, aprovecharon una manifestación pacífica para saquear tiendas y arramplar con todo lo que podían. Teléfonos, zapatillas, ropa... lo que fuera.
Dos mundos, una metrópoli
El asalto supuso decenas de denuncias y la decisión del Gobierno de Giorgia Meloni de reforzar el orden público con militares y con una férrea estrategia legal de disuasión.
Pero, ¿qué está ocurriendo en el motor económico italiano?
"Es una sociedad muy polarizada donde coexisten grupos sociales muy acomodados que ocupan una posición de poder económico, social y político y otros en una situación muy vulnerable", explica a EFE el experto en Sociología Urbana, Giampaolo Nuvolati.
Esto se traduce en la existencia de barrios riquísimos, como su aristocrático centro o su flamante complejo 'Citylife', aptos para millonarios atraídos por un régimen fiscal suculento, y otros de clases obreras e inmigrantes muy cerca, sin llegar a periféricos.
No son 'banleiue'
Aquellos vándalos, coordinados por redes sociales, provenían de la periferia y de otras provincias. El más joven tiene solo 11 años y era ya conocido por sus gamberradas en un barrio del sur milanés.
Se les conoce como 'maranza', un término con algo de estigma que describe a chavales italianos o italianos de segunda generación que exhiben ropas de presunta marca, veneran raperos ostentosos y, lo más importante, siempre van en pandilla.
El sociólogo Maurizio Ambrosini considera que no están poco integrados sino que creen "ilusamente" estarlo desde el punto de vista del consumo. Quieren lo que todos y ese es un auténtico anzuelo en la ciudad de las pasarelas y de los 'influencer'.
"Un chico que vive en un barrio pobre puede tomar el metro y en un cuarto de hora se topa con tiendas deslumbrantes", recuerda.
El experto traza una ecuación para tratar de explicar estos saqueos, sumando las "ganas de transgresión" de la adolescencia, las "lógicas de grupo, la envidia social y la desigualdad percibida". Mero gamberrismo mezclado con precariedad.
La imagen ha hecho pensar en las 'banlieue' francesas, pero los sociólogos excluyen esa idea porque en la geografía milanesa estas 'periferias' están muy cerca y son mucho más mixtas.
Milán muta
Pero lo cierto es que sus calles están cambiando rápidamente por la gentrificación y una suerte de recambio entre su población.
Basta pensar que en la última década, 400.000 personas se han borrado del padrón municipal y 488.000 han llegado, es decir, que un tercio de la población ha sido sustituido por nuevos vecinos, según datos municipales.
Entre estos 'nuevos milaneses' el 31 % son extranjeros. Egipcios y chinos, principalmente, pero también filipinos, peruanos, marroquíes, ucranianos o salvadoreños.
Un ejemplo de esta realidad multiétnica está a solo cinco paradas de metro de la rica San Babila: Vía Padova. Sus calles son muy distintas, juran los más viejos, ahora huelen a especias una mañana de domingo, cuando sus restaurantes ofrecen delicias de medio mundo.
Francesca es una funcionaria que pasea con su perro. Cree que a menudo los adolescentes -tiene un hijo de 18 años- "se sienten un poco abandonados" en medio de las diferencias abismales de la urbe.
"No es una ciudad peligrosa pero tiene muchas contradicciones. Un centro dorado y unas periferias que pasan a la plata y otros metales menos nobles. Quien está más lejos de la luz, quizá esté más enfadado", razona, apostando por la integración.
Muy cerca, la señora Paola rezonga porque su autobús tarda más de la cuenta. Nació en esta misma zona y cree que ha cambiado muchísimo: "Naturalmente a peor. La degradación puede tocarse. Faltan muchos servicios, sobre todo policía", denuncia.
José quiere ser famoso
Muchas escuelas de Vía Padova muestran pancartas que proclaman que "Aquí nadie es extranjero". Un matrimonio, Giuseppe y Laura, protestan. "Somos nosotros los que no podemos sentirnos integrados", zanja ella. Aseguran que en su edificio hay familias con las que no interactúan porque ni siquiera hablan italiano.
El barrio, aunque las peleas nocturnas no son raras, por el día respira tranquilidad. La gente pasea, hace la compra o charla en los bares. Unos jóvenes latinos toman cerveza. Solo uno se lanza a hablar, se llama José, ecuatoriano de 25 años con un diamante tatuado en una mejilla. Accede porque, ríen sus amigos, "quiere ser famoso".
"La vida aquí es tranquila", musita. Le gustaría tener "cosas, lujos y proyectos" con su hijo de tres años, aunque de momento seguirá trabajando en una fábrica. Condena los saqueos pero dice que él al centro no va nunca, que ahí no se le ha perdido nada. EFE
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