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La mera presencia humana altera de formas complejas el comportamiento de la fauna

La mera presencia humana altera de formas complejas el comportamiento de la fauna

Redacción Ciencia, 21 may (EFE).- La simple presencia cotidiana de los humanos, y no solo cómo alteran el paisaje, es una fuerza ecológica fundamental que condiciona cómo los animales usan su entorno y se desplazan por él, lo que tiene implicaciones para los esfuerzos de conservación.

Un nuevo estudio a gran escala combinó datos sobre el número de dispositivos móviles y vehículos en cada bloque censal de EE. UU., como indicador de la presencia humana, con mediciones detalladas de la modificación del paisaje por el ser humano y datos de seguimiento de más de 4.500 aves y mamíferos de 37 especies.

El estudio encabezado por la Universidad de Yale (EE. UU.)y que publica Science concluye que incluso pequeños cambios en la forma en que las personas se desplazan por los entornos pueden afectar significativamente al comportamiento animal.

Más del 65 % de las especies estudiadas modificaban su comportamiento en función de la presencia humana, la cual tendía a ser más determinante en entornos naturales menos urbanizados.

Los investigadores utilizaron dispositivos GPS para rastrear 22 especies de aves y 15 de mamíferos, recopilaron unos 11,8 millones de puntos de localización de más de 4.500 animales.

Entre las especies rastreadas estaban el ciervo de cola blanca, el lobo, el coyote, el mapache, la mofeta y algunos grandes felinos, además de cuervos, buitres, halcones, patos, grullas o cigüeñas.

Las especies respondían de formas distintas, pues mientras algunas reducían el espacio, otras hacían lo contrario, apunta la investigación.

Los lobos grises ampliaron su área de distribución, posiblemente desplazándose más lejos para mantenerse alejados de los humanos, pero los coyotes tendieron a restringir sus movimientos.

Las especies adaptables, como el ciervo de cola blanca, parecían sentirse más cómodas al incorporar entornos modificados por el ser humano a sus hábitats utilizables.

Las respuestas de la aves fueron muy variables: algunas se vieron más limitadas espacialmente, mientras que otras modificaron su uso del hábitat en función del grado de urbanización del entorno.

Los cuervos, por ejemplo, cubrieron más terreno, probablemente aprovechando las fuentes de alimento relacionadas con las personas,

Además, los animales pueden adaptar su comportamiento de un año a otro, lo que demuestra cierta flexibilidad ante los cambios en la actividad humana.

La investigación se centró en 2019 y 2020, aprovechando la disminución única y temporal del movimiento de personas debido a la pandemia de Covid-19.

Así se pudieron separar los efectos directos de la actividad humana de los impactos más amplios del cambio paisajístico y evaluar cómo cada factor influía en la cantidad de espacio que utilizaban los animales.

El estudio sugiere que, para proteger la fauna silvestre, los conservacionistas deben tener en cuenta no solo la pérdida de hábitat, sino también dónde y cuándo se encuentra físicamente la población.

Los resultados indican asimismo que los esfuerzos por gestionar adecuadamente el momento y la intensidad de la actividad humana, como limitar el tráfico durante períodos clave o reducir las perturbaciones en hábitats sensibles, pueden contribuir a la coexistencia entre la fauna silvestre y las personas. EFE

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