Imane Rachidi
Noordwijk (Países Bajos), 15 jul (EFE).- Cuando la nave Orion estaba más lejos de la Tierra, Victor Glover pudo taparla con la palma de su mano. "Todo lo que conozco estaba abajo: ciencia, arte, mi esposa, mis hijas", recuerda a EFE el piloto de Artemis II, sobre un viaje que, más que descubrirle la cara (ya no tan) oculta de la Luna, le hizo valorar el planeta al que "quería volver".
Tras una misión construida gracias a la colaboración entre la NASA, la Agencia Espacial Europea (ESA), Japón y Canadá, Glover, primer afroamericano en hacer un viaje lunar, reflexiona sobre por qué sigue pareciendo tan difícil cooperar a nivel global.
"Uno de los mayores obstáculos para conseguir muchas de las cosas que deseamos como seres humanos es, precisamente, aquello que creemos saber", afirma desde el Centro Europeo de Investigación y Tecnología Espacial (ESTEC), la mayor instalación técnica de la ESA, en la localidad neerlandesa de Noordwijk.
En su opinión, el problema no es el conocimiento en sí, sino la seguridad con la que se interpreta. "Nos fascinamos demasiado con nuestro propio conocimiento, una pequeña cantidad de datos (...) A veces nuestra fe en la ciencia acaba impidiéndonos tener fe los unos en los otros, en Dios o en algo más grande que nuestro propio ego", lamenta.
La tripulación de Artemis II está en Europa para agradecer la contribución de la industria del continente, especialmente el Módulo Europeo de Servicio, construido por Airbus en Alemania, que proporcionó energía, agua, oxígeno y propulsión a Orion.
Desconectar de la Tierra
Glover ya había contemplado la Tierra desde el espacio en 2020, cuando pasó casi seis meses en la Estación Espacial Internacional y aprendió "a verla como un único sistema", dice.
Pero, mientras esa estación mantiene prácticamente siempre la misma distancia respecto al planeta, rodear la Luna hacía que la Tierra creciera o disminuyera desde Orion.
"Cada vez que mirábamos por la ventana la vista cambiaba. No solo cambiaba la iluminación, también el tamaño aparente", describe.
Hasta que llegó un momento que todavía le cuesta describir: "Cuando estábamos muy lejos de la Tierra, podía cubrirla completamente con mi mano. No solo dejaba de sentir su gravedad, sino que podía levantar la mano y ocultarla por completo de mi vista. Es algo extraordinario poder desconectar completamente de ella. No muchos seres humanos llegan a vivir esa experiencia."
Y entonces enumera todo aquello que había quedado detrás de su mano: "Las matemáticas, la ciencia, el arte, la poesía, la Biblia... todo estaba allí. También mis hijas y mi esposa".
Hace una pausa y admite: "El espacio es increíble, es un privilegio inmenso poder viajar al espacio profundo, pero no hay ningún otro lugar al que quisiera volver más que a la Tierra".
No obstante, el instante más duro psicológicamente fue, precisamente, regresar a Tierra, y él había estado pensando "en la reentrada durante tres años, más que en cualquier otra fase".
La razón, explica, es que la física no da segundas oportunidades. "No puedes detenerte, no puedes rebobinar, no puedes dar marcha atrás; te precipitas hacia la atmósfera y tienes que entrar exactamente por el corredor previsto", añade.
Un silencio inquietante
Durante el paso por la cara oculta de la Luna, Orion perdió temporalmente toda comunicación con la Tierra y eso, dice, fue "un poco inquietante".
Le recordó a esos minutos de silencio que se guardan cuando alguien fallece y había pedido a familiares y amigos que aprovecharan ese momento para hacer exactamente eso, "dedicar unos instantes a pensar en todas las personas de este planeta y en lo que significa ser humano".
Preguntado por si la humanidad está preparada para afrontar un viaje de varios años a Marte, no duda.
"Hemos estado preparados desde que somos humanos. Somos exploradores por naturaleza", afirma, para lo que recuerda grandes expediciones de la historia y menciona incluso a Cristóbal Colón, porque "si aquellas personas no hubieran estado dispuestas a emprender un viaje largo y lleno de incertidumbre, quién sabe cómo sería hoy el mundo".
Tres meses después de Artemis II, este astronauta de 50 años reconoce que sigue sin acostumbrarse a la vida de siempre, "lo normal es nuevo y sigue cambiando", responde.
La mejor manera de volver a la Tierra, dice, ha sido dejar de pensar en sí mismo: "Tengo cuatro hijas (...). Ellas me ayudaron a perseguir mis sueños durante años, ahora quiero ayudarlas a cumplir los suyos", promete.
Y quizá esa sea la mejor definición de lo que supone rodear la Luna: regresar convencido de que el lugar más extraordinario del universo sigue siendo aquél que Glover pudo ocultar con su mano. EFE
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