Álvaro Rodríguez del Moral
Almería (España), 29 ago (EFE).- La tercera y última corrida de la feria de la Virgen del Mar de Almería, organizada en conmemoración del LXXV aniversario de la coronación canónica de la Patrona, se ha saldado con un triunfo apoteósico de Andrés Roca Rey que ha salido a hombros en unión de Alejandro Talavante.
Manzanares paró un primero, del hierro del Conde de Mayalde, que echó las manos por delante en el engaño y llegó al último tercio blandeando. El animal se frenaba en la muleta de pura impotencia por más que el diestro alicantino lo animara con la voz en un trasteo movido y de meras componendas en el que no faltó el aliento del cálido público almeriense. Los aceros, además, se atrancaron.
El cuarto, de la Ventana del Puerto, se rompió la mano a las primeras de cambio y fue sustituido por un sobrero de José Vázquez -que se movió sin ninguna clase- con el que cumplió una actuación intrascendente por más que los repletos tendidos del coso almeriense empujaran hasta el final hasta obtener una oreja que computará en la estadística.
Alejandro Talavante recibió al primero de los dos del Puerto de San Lorenzo con lances desmayados que remató en los medios. El toro charro, de fondo noble, se desplazó sin maldad pero un punto rebrincado en la muleta del diestro extremeño que toreó con tanta solvencia como escasez de apreturas en una faena más vistosa que honda que remató de una buena estocada y un certero descabello para pasear dos orejas desmesuradas.
Le quedaba el quinto, que derribó y levantó el caballo de picar antes de sembrar el caos en banderillas. Era el tercero del hierro de Mayalde. Talavante volvió a mostrarse fácil, también despegado, en una labor superficial que movió por de acá para acá una embestida rebrincadita sin meterse en mayores honduras. La oreja no tuvo historia.
Cerraba el cartel Andrés Roca Rey que debía haber tenido algo que ver en el músculo de la taquilla en una feria que, las cosas como son, ha conseguido recuperar el pulso humano del coso de la avenida de Vilches dejando en el debe el apartado ganadero. Ese tercero, de Mayalde, navegó a su aire en el primer tercio antes de que el paladín peruano acertara a sujetarlo en los medios.
La cosa subió de tono en el quite, trufando chicuelinas, tafalleras y una gaonera con el público enardecido y predispuesto al triunfo. Roca abrió con estatuarios, se sacó el toro por detrás y ligó un pase del desprecio con otro de pecho mirando al tendido que supuso un auténtico alboroto. El toro apretaba para las tablas, cantando cierta mansedumbre, pero el diestro limeño amarró el trasteo toreando con autoridad sobre ambas manos.
Fue un trasteo en el que, más allá del toreo de alarde, se sucedieron rondas macizas de muletazos antes de recurrir a la pirotecnia final, con el público metido hasta el fondo en una faena aclamada, amarrada con un metisaca y una estocada fulminante. Esta vez fueron dos orejones...
Cuando saltó el sexto el reloj apuntaba a las tres horas de festejo, un metraje inasumible para cualquier espectáculo. Eso sí, Roca volvió a apretar el acelerador desde que se abrió de capa, en el extenso quite de frente por detrás y, definitivamente, en otra faena marca de la casa iniciada en redondo y de rodillas, aclamada de pie y culminada en medio de una impresionante comunión con la plaza.
El toro, de buen fondo pero un punto suelto, fue cuajado de cabo a rabo por Roca Rey que se hartó de torearlo por ambos pitones en una auténtico despliegue en el que llegó a cuajar largos y tersos naturales. La cosa iba camino de premio gordo y la nobleza del animal animó al público -también al torero- a prender una petición de un indulto que no podía llegar. Pinchó antes de agarrar media estocada pero cortó las dos orejas de ese animal que fue paseado en una vuelta al ruedo póstuma.
FICHA DEL FESTEJO
Los toros se repartieron entre el hierro anunciado del Conde de Mayalde -primero, tercero y quinto- y los remiendos de Puerto de San Lorenzo -segundo y sexto- y el sobrero de José Vázquez que hizo cuarto supliendo al de la Ventana del Puerto que se había enchiquerado. El primero resultó blandísimo; noblón y rebrincado el segundo; noble y manejable el tercero; se movió sin clase el cuarto; rebrincado el quinto y de buen fondo el sexto, que recibió la vuelta al ruedo póstuma.
José María Manzanares, de brandy y azabache, silencio tras aviso y oreja tras aviso.
Alejandro Talavante, de negro y oro, dos orejas tras aviso y oreja
Andrés Roca Rey, de corinto y oro, dos orejas y dos orejas
La plaza se llenó en tarde radiante y agradable. Los toreros recibieron la medalla de la Virgen del Mar antes de soltar el primer toro de manos del hermano mayor de la corporación, Jorge Juan Fernández. Agustín de Espartinas saludó tras banderillear al tercero. EFE
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