Wilt Chamberlain, el extraterrestre de los 100 puntos que humanizó a Goliat
Hernán Bahos Ruiz
Redacción Deportes, 28 ago (EFE).- Wilton Norman Chamberlain nació hace 90 años para alterar la lógica del baloncesto en particular y del deporte en general. Y desde su partida, el 12 de octubre de 1999, el debate sobre la vida del gigante "Wilt" conduce a un veredicto inquietante: quizá no era de este mundo.
Si bien la evidencia remite su origen al 21 de agosto de 1936 en Filadelfia (Pensilvania), sus pasos hasta convertirse en un titán de 2,16 metros lo describen como un atleta integral y sin par.
Corría los 400 metros lisos con ritmo de gran velocista, saltaba con registros de nivel olímpico y fue figura hasta en canchas de arena antes de aparecer en 1984 como el imponente guerrero Bombaata en Hollywood, rival de Arnold Schwarzenegger en 'Conan el Destructor'.
'Wilt' no habitaba el mundo, lo conquistaba a zancadas y con una endemoniada precisión, como la que derrochó la mítica noche del 2 de marzo de 1962 en el Hershey Sports Arena.
El pívot de 125 kilos tenía entonces 26 años y en ese partido en Pensilvania aportó 100 puntos a la victoria por 169-147 de los Warriors de Filadelfia sobre los Knicks de Nueva York.
El 'Big Dipper' acertó 36 de 63 tiros de campo y 28 de 32 tiros libres en 48 minutos de juego real. En más de seis décadas transcurridas, nadie se ha acercado a semejante hazaña, de la que no existen registros de televisión. Solo la radio y el lente de un fotógrafo dieron testimonio ante 4.124 aficionados atónitos.
En la inmortal imagen de Paul Vathis, de la agencia Associated Press (AP), un Wilt exhausto en el vestuario exhibe una sonrisa pícara mientras sostiene un papel blanco donde alguien escribió con marcador negro el número 100.
Una cifra que hoy se lee como una novela de ciencia ficción. 'El Zancudo' anotó 23 puntos en el primer cuarto, sumó 18 en el segundo (41 al descanso), destrozó la red con 28 en el tercero y añadió 31 en el último acto. Terminó aquella temporada de 1961-1962 con una media inverosímil de 50,4 puntos por juego. ¡Una locura!
Aquel don ya había avisado en 1955, cuando marcó 90 puntos con la escuela preparatoria Overbrook. Para ponerlo en perspectiva: hoy un baloncestista es una superestrella si promedia 30 puntos. A la cumbre que construyó el gigante Wilt solo se acercó Kobe Bryant con sus 81 tantos en 2006.
Nacido para el espectáculo
Antes de irrumpir en la NBA, 'el Zancudo' jugó con los legendarios Harlem Globetrotters. Con ellos recorrió el planeta e incluso ayudó a derretir las barreras de la Guerra Fría en Moscú.
Sin embargo, dentro de esa armadura de invencibilidad, habitaba un hombre sensible, solitario y melancólico. Al aludir a su estatura, patentó una frase brutal: "Nadie se identifica con Goliat".
Sentirse tan grande le parecía a veces una maldición. Entendía que el público prefería ver ganar "a David", a sus rivales, a los que se mostraban más débiles.
Tanto temían su poder que la NBA tuvo que ensanchar la zona restrictiva de las canchas para alejarlo del aro, prohibió los pases de "alley-oop" por encima del tablero en saques de fondo y cambió la regla de los tiros libres, porque Wilt era capaz de saltar desde la línea de falta y volcar la pelota sin tocar el suelo.
Contra todo y contra todos luchó 'el Goliat entrañable'.
No siempre ganó. Sus duelos con Bill Russell, el legendario pívot de los Celtics de Boston, quedaron en el recuerdo como poemas épicos de la canasta.
"Russell me hacía jugar al límite. Yo anotaba los puntos, pero él se llevaba los campeonatos. Éramos el agua y el aceite, pero nos necesitábamos", confesó alguna vez sobre su némesis, ocho centímetros más bajo.
Tras retirarse de las duelas en 1973, su indomable naturaleza lo llevó a enamorarse del voleibol de playa y de salón. Llegó a ser presidente de la Asociación Internacional de Voleibol y firmó una proeza burocrática y física casi imposible: convertirse en uno de los poquísimos atletas en el Olimpo con un asiento en el Salón de la Fama de dos deportes distintos.
"Siempre me exigí ser el mejor en todo. Si jugaba al básquetbol, tenía que dominarlo. Si corría, tenía que ganar", repitió como un mantra vital hasta el día que su gigante corazón de niño inquieto dejó de latir a los 63 años. EFE
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