¿Estamos viendo el nacimiento de una nueva violencia en Bolivia?

Publicación: Hace 2 horas
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Las noticias rara vez cambian el rumbo de un país. Lo hacen cuando dejan de ser hechos aislados y comienzan a revelar un patrón.En menos de 48 horas, Bolivia conoció la ejecución de cuatro personas en San Matías, el hallazgo de dos jóvenes decapitados en Yapacaní y el asesinato de un subteniente de la Policía que investigaba uno de esos crímenes. Meses antes, el país quedó conmocionado por el asesinato del decano del Tribunal Agroambiental. Cada caso tiene circunstancias y posibles móviles que deberán ser esclarecidos por las autoridades.

Sin embargo, observados en conjunto, plantean una pregunta que trasciende la investigación de cada expediente: ¿Está evolucionando el crimen organizado en Bolivia?

No sería una violencia nueva porque antes no existieran los homicidios. Sería nueva por sus características. La planificación de los ataques, la coordinación de varios autores, el uso de armamento de alto poder, las ejecuciones selectivas, las decapitaciones, los mensajes intimidatorios y la reiteración de hechos en zonas fronterizas podrían revelar patrones que exigen ser analizados con mayor profundidad.

Toda democracia parte de una premisa básica: solo el Estado debe tener la autoridad para hacer cumplir la ley mediante el uso legítimo de la fuerza. Cuando grupos criminales comienzan a desafiar esa autoridad, el problema deja de ser exclusivamente policial y se convierte en una cuestión de institucionalidad.

Las consecuencias no se miden únicamente por el número de víctimas. Cada crimen de alto impacto también modifica la percepción colectiva. Las familias cambian sus rutinas, los ciudadanos desconfían de la capacidad de protección estatal y la seguridad deja de sentirse como un derecho garantizado para convertirse en una incertidumbre cotidiana.

Las organizaciones criminales no solo buscan obtener beneficios económicos. También buscan proyectar poder. Y el poder se fortalece cuando logran instalar la percepción de que pueden actuar con mayor eficacia que las instituciones encargadas de enfrentarlas. Si esa percepción se consolida, el daño trasciende la seguridad ciudadana y comienza a afectar la confianza en el Estado, la inversión, el desarrollo y, en última instancia, la calidad de nuestra democracia.

Por ello, corresponde preguntarnos sobre si Bolivia cuenta hoy con una política criminal capaz de anticiparse a fenómenos cada vez más complejos. Fortalecimiento de la investigación científica, cooperación internacional, control efectivo de fronteras y una presencia estatal sostenida no pueden seguir siendo objetivos pendientes cuando la realidad demuestra que evolucionan con rapidez.

La ciudadanía no espera un país sin delitos. Ninguna democracia puede ofrecer esa promesa. Lo que sí espera es un Estado que responda con instituciones más fuertes que las organizaciones que intentan desafiarlo, con investigaciones capaces de identificar y sancionar a todos los responsables, dentro del marco del debido proceso.

¿Están nuestras instituciones evolucionando con la misma rapidez con la que evoluciona el delito?

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