No somos de gran interés para la CIA, pero...

John Brennan no es el funcionario del mismo apellido (Peter) que fue encargado de negocios de Estados Unidos aquí hace unos años. Quienes ven un agente secreto en cada gringo alpaqueado podrían confundirse. Solo que John Brennan efectivamente fue director de la CIA.

A cargo de John estuvo, por ejemplo, la investigación de la conexión rusa en las elecciones norteamericanas de 2016. No por nada es una de las broncas bíblicas del presidente Trump. Vindicativa, su administración lo privó de la información clasificada provista a los exdirectores de la CIA.

Recientemente, The Guardian le atribuye a Trump ordenar que su Departamento de Justicia enjuicie a Brennan -entre otros-, “sin tener en cuenta ninguna justificación fáctica o legal”. Son esos modales que los incondicionales de los “valores de Occidente” no suelen mencionar. La historia -no solo la del tercer mundo- está llena de esas lindezas.

Las memorias de John Brennan son menos atractivas, por ejemplo, que las de su sucesor en la CIA, William J. Burns. No obstante, las de Brennan dan idea de cómo entrenan los agentes de inteligencia de una superpotencia. En el caso de John, la importancia del Medio Oriente para foguear jóvenes con vocación de espías.

Antes de tornarse en un paria en el seno mismo de su nación, Brennan dio una entrevista a la cadena de televisión pública de Estados Unidos, la PBS, sobre Vladimir Putin. Al contrario de por escrito, Brennan se expresa impecable. Al escucharlo, quiere uno coincidir con ese prejuicio antiguo, quizá de origen bíblico: “como habla, así es su alma”. Su verbo llega en prosa; segmenta cada razonamiento. Casi se palpa su organización mental y formación.

En esa entrevista, el exdirector de la CIA revela cuán bien calibrados tienen los servicios de inteligencia a los mandamases del orbe. En el perfil que pinta Brennan, Putin luce un tanto paranoide. No es una excepción: los jefes de Estado modernos (o todos, tal vez), afirma un Brennan divertido, suelen ver conspiraciones allá donde con frecuencia hay nomás azar.

Según John Brennan, Putin fue hábil en guardar sus aspiraciones para Rusia hasta que se sintió seguro. Para aquel, el líder ruso es un diligente hombre de inteligencia, aunque fruto de la fase declinante de los organismos de seguridad soviéticos. Fraguado en la bronca por el desprecio occidental por Moscú y en una historia personal de autoafirmación, Putin siente la necesidad de autocontrol, de resistir y remontar. Es hábil en hallar y explotar las debilidades de sus pares.

Un intelectual argentino me contó que conoció a Putin en una visita del expresidente Macri. Pese a su kilometraje, este no alcanzaba a conectar con Vladimir, de ilegible expresión facial. Era infranqueable su aire de tártaro venido del frío. Hasta que el mandatario porteño descubrió que en el desdén y la ridiculización hacia los subalternos había una forma de que Putin gozara.

Volviendo al exdirector de la CIA, su boceto de Putin no es meramente sicológico. Dibuja en él las urgencias del estadista. En esa versión, Putin sabe que su país está contra el tiempo. Su tasa demográfica, como la europea, augura un colapso en pocas generaciones. La economía rusa, además, no se ha diversificado; depende de los recursos naturales. Su mejor capital humano emigra. No es proclive a obedecer la ley del más fuerte imperante en las urbes rusas.

Paradójicamente, en la visión imperial de Brennan, Putin es un enemigo, pero uno tácitamente respetado. En Washington no lo midieron de inicio porque pudo ser apenas un pasajero en tránsito en los pasillos del Kremlin.

Si ese es el perfil que los norteamericanos se forjan de un rival de quilates, no les será difícil componerse una idea de nuestras altezas, acá. Por ejemplo, si alguna siente ansiedad por el destino nacional. O si, en cambio, las ocupan más las chaturas de su porvenir íntimo.

Marco Rubio hace unos días visitó Colombia, Ecuador y Perú. Nosotros no somos de gran interés para la CIA, pero me pregunto qué le dijo alguien - ¿del oficio de Brennan? - a Rubio para que no viniera a Bolivia ni la incluyera en el anuncio del 15 de septiembre de ayuda militar a “sus aliados” Perú, Ecuador, Colombia y Panamá.