Boston, la ciudad más pro-Brexit, afronta nuevos costes laborales y tensiones migratorias
Judith Mora
Boston (R.Unido), 19 jun (EFE).- Boston, la pequeña ciudad inglesa que registró el mayor apoyo al Brexit en el referéndum de 2016, afronta diez años después más obstáculos para contratar la mano de obra extranjera de la que depende su agricultura, mientras persisten las tensiones migratorias que impulsaron el voto favorable a abandonar la UE.
Situado en el condado oriental de Lincolnshire, llamado 'la huerta del Reino Unido', este municipio de unos 45.000 habitantes decidió por un 75,6 % salir del bloque comunitario, en un contexto marcado por la llegada de trabajadores de Europa del Este, que representaban entonces el 13 % de la población.
A esa primera oleada de polacos, lituanos y letones contratados para la recolección de hortalizas o su procesamiento en fábricas se sumaron después rumanos y búlgaros. Hoy predominan los temporeros traídos con visados específicos desde Asia.
Con un 21 % de sus habitantes nacidos fuera del Reino Unido, Boston mantiene una relación compleja con la inmigración. Algunos residentes británicos dicen sentirse desplazados por los cambios en su entorno y consideran que el Brexit no cumplió sus expectativas.
En los comicios generales de 2024, el distrito eligió a uno de los primeros diputados del partido populista de derechas Reform UK, Richard Tice, que con su discurso antimigratorio puso fin a décadas de dominio conservador.
Fricción económica y social
Es un día de lluvia implacable y la plaza del mercado está casi vacía. En las calles, ondean banderas con la cruz de San Jorge, símbolo del nacionalismo inglés, que conviven con numerosos comercios con letreros en idiomas del este de Europa.
Pocos son los bostonianos que admiten haber votado hace un decenio por salir de la Unión Europea, y quienes lo hacen no ahondan en un asunto que saben que aún marca la imagen de su ciudad.
Desde el anonimato, algunos reconocen sentirse decepcionados porque la recuperación de la soberanía no se tradujo en mejoras de los servicios públicos ni de su situación económica, como prometían los políticos euroescépticos.
Sin embargo, la mayoría sostiene que la ruptura fue una buena decisión y el problema está en la ejecución: "Ningún político hasta ahora ha sabido aprovechar las ventajas", argumentan.
Tampoco el agricultor de 42 años Tim Casey, propietario de una granja de puerros y espárragos a las afueras de la localidad, es partidario de hacer otro plebiscito, pese a que en 2016 él se decantó "por poco" por permanecer en la UE.
"Esa cuestión ya se resolvió; lo que tiene que hacer el Gobierno es que el Brexit funcione", declara a EFE, tras confesar que la UE siempre le inspiró "desconfianza".
Casey opina que la situación para su sector "ha empeorado" tras el divorcio: "Hay escasez de mano de obra, aumento de los costes, dificultades para importar productos o maquinaria y obstáculos al comercio", enumera.
"Nosotros pagamos por encima del sueldo mínimo, pero es un trabajo duro y los británicos no quieren hacerlo. Los inmigrantes que llegaron del este europeo y se quedaron han accedido a empleos mejores, así que ahora hay que traer a trabajadores de Kazajistán y Nepal, pero es costoso", explica.
Aunque en su negocio no exporta, le perjudica también "el aumento de los costes burocráticos", pues importa productos de España para envasarlos en sus instalaciones.
Voluntad de integración
En el centro cívico 'Iniciativa de apoyo a los polacos', un grupo de mujeres de varias procedencias charlan entre té y pastas.
Anna, Brigita, Marlena, Beata y Magda recuerdan su llegada a Boston antes del Brexit, sin conocer el idioma, para trabajar en campos y fábricas donde a menudo se sentían "ninguneadas y explotadas".
Pese a todo, se muestran agradecidas por lo que han conseguido con su esfuerzo y sacrificio. Incluso entienden que los británicos vean con suspicacia la llegada de inmigrantes, aunque condenan la xenofobia y abogan por "promover la integración".
A su lado, Ben Major, un informático de 37 años que se casó hace más de un decenio con una inmigrante polaca, lamenta que sus conciudadanos votaran por salir de la UE, y que el Brexit "sirviera para legitimar actitudes racistas que antes no eran aceptables".
"Creo que en Boston la cohesión social se ha deteriorado. Hay gente que atiza las divisiones en las redes sociales", afirma este europeísta convencido.
Con todo, es optimista sobre el futuro de su hijo británico-polaco de dos años, pues valora que en las escuelas se hace un buen trabajo de integración. "Los niños no ven diferencias, solo ven amigos. Y eso me da esperanza", concluye. EFE
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