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El espíritu del barroco sevillano llega a Londres con una monográfica de Zurbarán

El espíritu del barroco sevillano llega a Londres con una monográfica de Zurbarán

Javier Otazu

Londres, 29 abr (EFE).- El espíritu del barroco sevillano llegó hoy a Londres con una exposición monográfica del pintor Francisco de Zurbarán en la National Gallery, compuesta por 42 pinturas que muestran el genio de un artista que pintó como pocos el dramatismo y la santidad al servicio casi siempre de una iglesia católica en el apogeo de la Contrarreforma.

La muestra, que se estrena en Londres y viajará luego al Louvre de París y al Instituto de Artes de Chicago, agrupa obras procedentes de colecciones públicas y privadas, principalmente de España (14), además de Italia, Francia, Polonia y Estados Unidos.

Zurbarán (1598-1664), como sus contemporáneos Murillo y Ribera, será recordado siempre por sus pinturas religiosas: los cristos crucificados (pintó doce), las inmaculadas (pintó quince) y las vidas de santos, pero también fue un reconocido maestro de unos bodegones austeros y de atmósfera casi mística. Ejemplos notables de todas estas temáticas constituyen lo más destacado de esta ambiciosa exposición.

Un artista que "detiene el tiempo"

La comisaria de la exposición Francesca Whitnum-Cooper, especialista en pintura española, francesa e italiana tardía de la National Gallery, cree que Zurbarán trasciende la consideración de pintor del catolicismo: "No necesitas tener fe para ponerte frente a sus pinturas y sentir algo", y pone el ejemplo del famosísimo Agnus Dei del Museo del Prado, un pequeño óleo que cierra la muestra.

"Muchos lo ven como el Cordero de Dios, una pintura sobre el sacrificio de Cristo. Pero puedes mirarlo y pensar cuántas horas pasó (Zurbarán) observando al cordero para pintarlo tan hermoso. Aquí estamos 400 años después y siento que lo puedo tocar. Para mi Zurbarán es alguien que detiene el tiempo, que te pide venir a mirar con serenidad y sentir algo, seas o no religioso", interpreta.

Es notorio el contraste entre los cristos crucificados y los santos cuando son varones, llenos de dramatismo y de profundas sombras sobre las que aparecen los cuerpos iluminados por un reflejo casi espiritual, frente a las inmaculadas y los retratos de santas, todas ellas envueltas en un halo de serenidad y de paz.

En ambos casos es admirable la factura de las telas, los bordados y los complementos de los vestidos, una destreza técnica que los historiadores atribuyen al contacto que el pequeño Zurbarán tuvo con todo tipo de tejidos en su infancia y adolescencia en su Extremadura natal, hijo como era de un marchante vasco de telas.

Le interesa la emoción, no la violencia

Pero la comisaria resalta un rasgo muy característico de Zurbarán: el dramatismo de las pinturas -sobresalientes en 'San Serapio' o en 'San Francisco en meditación'- nunca es sangriento, ni siquiera violento, incluso cuando retrata a un hombre asesinado tras la tortura.

"Aquí tenemos a San Serapio, brutalmente asesinado, y ahí está con sus ropas impolutas. No hay un rastro de sangre en todo el cuadro. Para mí, Zurbarán no está interesado en la violencia, sino en la emoción: él quiere hacerte sentir algo, no el horror, sino una conexión emocional", subraya la comisaria.

En sus primeros cuadros, aún muy influido por Caravaggio y sus claroscuros extremos, Zurbarán encuentra el modo de introducir color, además de esos detalles meticulosos en los tejidos.

Al ritmo de sus clientes

Zurbarán fue un pintor muy popular en su tiempo, y trabajó la mayor parte de las veces por encargo, siendo sus principales clientes las órdenes religiosas (cartujos, dominicos, mercedarios, jesuitas...), y fue el 'decorador' de numerosos monasterios y conventos en aquella España del siglo XVII en que la Iglesia estaba en el apogeo de su poder.

Mientras que su contemporáneo Velázquez era el pintor de la Corte en Madrid, Zurbarán era el pintor de Sevilla, entonces la capital comercial a la que llegaba el oro y las riquezas de América. Por eso, la peste de 1649 que diezmó Sevilla y la dejó reducida a la mitad de su población, supuso un duro golpe para el estamento religioso que contrataba a Zurbarán.

En sus últimos años de vida, le tocó adaptarse a esta realidad: pese a seguir siendo un pintor muy popular, los encargos que le llegaban ya no eran tan generosos, y por eso las últimas obras de Zurbarán son de menor formato, compuestas para clientes menos poderosos, pero que seguían interesados en seguir contando con uno de los mejores pintores de la fe del barroco. EFE

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