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El temor y la resignación de vivir en las faldas del volcán más activo de Centroamérica

El temor y la resignación de vivir en las faldas del volcán más activo de Centroamérica

Por Alex Cruz y José Carlos Móvil

El Rodeo (Guatemala), 8 ago (EFE).- "Con la naturaleza no podemos pelear", reconoce Ana Camposeco, habitante de la aldea La Trinidad, una de las que se encuentra en las faldas del volcán de Fuego de Guatemala, el más activo de Centroamérica, tras regresar, una vez más, a su hogar luego de otra erupción del coloso esta semana.

Esta vez no hay cenizas en La Trinidad. El viento sopló hacia el oeste, en dirección a México, y no al sur, donde están esta aldea y la cercana El Rodeo, entre otras tierras en las que se producen granos y maíz para la subsistencia y que parecen olvidadas por las autoridades, que solo vuelven cuando hay que implementar evacuaciones.

Cada nueva erupción trae a la memoria de los que viven en las faldas del Volcán de Fuego la ocurrida el 3 de junio de 2018, que prácticamente enterró dos pequeñas aldeas con lava y ceniza matando a más de 400 personas.

"Es mejor estar resguardado dos o tres días", comenta a EFE Ana, que el pasado 4 de agosto salió de su casa a las tres de mañana por recomendación de las autoridades, que esta semana dijeron que en total se evacuó de manera preventiva a más de 1.600 personas en los departamentos (provincias) de Chimaltenango, Escuintla y Sacatepéquez.

El de Fuego, situado en el centro de Guatemala, es uno de los tres volcanes activos — junto con el Santiaguito y el Pacaya, ubicados en el oeste y el sur, respectivamente — de las 37 estructuras volcánicas que existen en el país y se le considera el más peligroso.

Ana ya está de vuelta en La Trinidad, una aldea donde muchas de las casas son de lámina de metal y madera, está rodeada de árboles y en la que se siente el calor clásico de Escuintla, que está situado cerca del océano Pacífico.

Desde la colonia 15 de Octubre, en La Trinidad, Ana explica con la experiencia de haber vivido 26 años en la comunidad, que sus padres fueron obligados a huir a México por el conflicto armado interno (1960-1996) antes de volver a Guatemala y acomodarse en las faldas del volcán.

Junto a Ana, poco más de 160 familias esperan salir eventualmente de las faldas del coloso de 3.763 metros de altitud.

Justamente cuando recuerda que llevan ocho años en una mesa de diálogo con el Gobierno y sin soluciones, habla con más vigor y frunce el ceño.

Una tragedia que lo cambió todo

Emilio Barillas, un hombre de 66 años, lleva toda su vida viviendo en la aldea El Rodeo del departamento de Escuintla, 75 kilómetros al sur de la Ciudad de Guatemala y uno de los principales lugares afectados por las explosiones de lava y humo de la erupción de 2018.

"Desde toda la vida el volcán siempre ha hecho grandes erupciones. Pero la gente no le ponía mucha atención. Todo era normal. Pero ahora todo es diferente con lo que sucedió" hace ocho años, explica a EFE Emilio.

Con un hablar pausado, cuenta que vive con sus hijos y sin su esposa, que falleció hace unos años, y que en El Rodeo "poca gente se ha ido" pese a la amenaza constante del volcán.

Emilio es uno de ellos. Prefiere permanecer en su hogar y seguir dedicado a la siembra de maíz y frijol, que muchas veces se ve afectada por la caída de ceniza durante las erupciones porque, explica, ya a su edad las oportunidades de vida son difíciles, incluidas las opciones de migrar.

Roberto Suruy, otro hombre de la tercera edad que vive en El Rodeo, decidió, al igual que Emilio, no evacuar su hogar esta semana por las nuevas erupciones del volcán, ya que, según afirma, al estar a pocos metros de la calle se siente con seguridad para alejarse de una potencial emergencia.

Dicha solución es siempre factible, pero no oculta el riesgo de que se repitan las escenas de 2018, con ríos de lava de varios metros de altura y a más de 50 kilómetros por hora en picada desde el volcán.

Suruy perdió en la erupción de 2018 a su hermana y a una tía por los escombros de lava, y a su esposa, por complicaciones de diabetes al huir del hogar tras las erupciones.

"Ella murió prácticamente del susto", cuenta Suruy al recordar los trágicos eventos que lo dejaron viudo.

Sin embargo, "algunos" de los vecinos "no nos preocupamos tanto. Dormimos tranquilos", comenta Barillas con cierta resignación. EFE

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