Alex Mirkhan
Brasilia, 25 sep (EFE).- A pocos días de las elecciones en Brasil, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva se enfrenta al rechazo consolidado del electorado evangélico, sector que representa cerca de un 27 % del padrón y se ha mostrado resistente a los acercamientos y guiños del candidato a la reelección.
El dolor de cabeza para el católico Lula es proporcional al rechazo de un 39 % que registra su Gobierno entre los evangélicos, según una encuesta del Instituto de Estudios de la Religión (ISER), en alianza con Quaest, difundida esta semana.
El mayor beneficiario de este escenario tiende a ser Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro y de fe evangélica, quien aparece virtualmente empatado con Lula en las encuestas.
La investigadora del ISER Magali Cunha aclara que la preferencia de los evangélicos por Bolsonaro no es automática.
Los sondeos de junio reflejaban un desplome del apoyo evangélico a Bolsonaro tras las denuncias de corrupción, pero Cunha cree que esta tendencia se puede revertir por el peso del voto útil contra la izquierda.
"Se recurre a textos bíblicos para recordar que Dios usó al rey Ciro, que no era judío, para salvar a Israel; por lo tanto, usará a personas que tampoco son perfectas", como el caso de Bolsonaro, ilustra.
Frente al tono de cruzada del "bien contra el mal" promovido por la ultraderecha y algunos influyentes pastores evangélicos, Lula ha multiplicado los gestos de acercamiento a este sector.
Al igual que en los comicios de 2022, Lula lanzó una nueva carta dirigida a los evangélicos con citas de proverbios y llamamientos "a la familia", al tiempo que su campaña incorporó canciones publicitarias con la participación de pastores.
Recientemente, Lula afirmó ante un grupo de pastores que la bandera de su partido era roja en inspiración a la "sangre de Cristo" y que lleva barba porque "Jesucristo era barbudo".
Mientras, la primera dama, Rosângela 'Janja' Lula da Silva, participó como cantante en una pieza publicitaria de música góspel para la campaña de su esposo.
La estrategia apunta al hecho de que el electorado evangélico también forma parte de sectores sociales que, históricamente, han sido más afines a Lula, como las mujeres, la población negra y los beneficiarios de programas sociales.
Por su parte, los evangélicos que respaldan a Lula manifiestan su malestar por la "visión estereotipada" que mantiene un sector de la izquierda sobre la religión, a la que suele considerar un factor alienante y fácilmente manipulable.
"Nadie quiere dialogar con quien lo considera inferior", protesta la coordinadora del Frente Evangélico por el Estado de Derecho, Nilza Valéria.
Los evangélicos, un grupo heterogéneo
Valéria también cuestiona la premisa de que constituyan un grupo homogéneo que responde de forma exclusiva a los pastores bolsonaristas.
"No existe un voto evangélico unificado ni un bloque único. Pensamos de manera diversa", afirma Valéria, integrante de la Iglesia Bautista.
Como ejemplo, cita al pastor Silas Malafaia, líder de una popular iglesia pentecostal y uno de los organizadores de una marcha en apoyo a Flávio Bolsonaro en São Paulo durante el Día de la Independencia de Brasil.
"Malafaia ejerce un liderazgo sobre los fieles de su propia comunidad. Yo tengo cientos de amigos evangélicos sobre los cuales él no tiene ninguna influencia", asegura.
Aunque existen diferencias entre las distintas corrientes evangélicas, la investigación del ISER revela que ocho de cada diez creyentes se oponen a que se debata sobre política dentro de los espacios religiosos.
Pese a esto, el flujo de mensajes de contenido político-electoral es intenso en aplicaciones de mensajería y redes sociales vinculadas a las iglesias.
Según Magali Cunha, "las comunidades evangélicas son muy permeables a la desinformación, haciendo circular memes y contenidos con formato de noticia para apelar al miedo en temas de políticas públicas o casos de corrupción".
Para la investigadora, la desinformación representa otro obstáculo para que Lula logre ahuyentar "viejos fantasmas" que resurgieron durante la campaña y el propio mandato de Jair Bolsonaro (2018-2022).
"Ese fantasma del comunismo, del color rojo y de la relación con China; toda esa simbología y el factor del miedo se activaron con enorme intensidad", comenta la investigadora del ISER. EFE
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