La educación de los niños gazatíes encuentra un refugio en el norte del Sinaí
Ali Mustafa
Al Arish (Egipto), 5 oct (EFE).- A pocos kilómetros de Gaza, en la ciudad egipcia de Al Arish, la profesora palestina Hadeel Zaarab ha puesto en marcha una escuela improvisada que devuelve las clases a cientos de niños palestinos desplazados tras la guerra.
Su iniciativa, bautizada como "Faro de la Esperanza", se ha convertido en un refugio educativo y emocional justo cuando se cumplen tres años de los ataques del 7 de octubre de 2023, la fecha que desencadenó el presente conflicto que ha forzado el exilio de miles de familias gazatíes hacia el norte del Sinaí.
Zaarab abandonó la Franja en 2024. Al llegar a Egipto, chocó de frente con una realidad preocupante: tras años de inestabilidad y desplazamiento, los menores palestinos habían perdido la posibilidad de ir a clase con normalidad, acumulando un desfase académico que amenazaba su futuro.
Ante este panorama, la docente decidió volver a hacer lo que mejor sabía: enseñar. Lo que comenzó como un pequeño grupo de apoyo en un piso alquilado terminó transformándose en un centro de resistencia contra el abandono escolar.
Lejos de casa
El panorama educativo para los palestinos en Egipto es complejo. Mientras algunos logran matricularse en escuelas locales y otros intentan seguir las clases virtuales habilitadas desde Ramala por el Ministerio de Educación palestino, la falta de recursos, la discontinuidad de las conexiones y los itinerarios lectivos desajustados ahondan el desfase.
"El aprendizaje en línea no resuelve completamente el problema. Los niños han sido alejados del entorno escolar desde la guerra, lo que les ha causado graves dificultades de aprendizaje", relata Hamid Abu Taha, uno de los doce profesores gazatíes que hoy colaboran con Hadeel.
Para dar respuesta a dicha brecha, Hadeel alquiló primero un pequeño piso.
Pero en 2025, ante el alud de familias que llamaban a su puerta, dio el salto a una vivienda más amplia de seis habitaciones, donde más de 400 alumnos abarrotan el espacio, dividido en dos turnos diarios: por la mañana, los cursos de educación primaria; por la tarde, los estudiantes de secundaria y bachillerato.
"Aspiro a ayudar a los estudiantes palestinos que viven en Al Arish y compensarlos por las dificultades educativas que sufrieron durante los tres años de guerra", explica Reham Qashta, quien ejerció como maestra en Gaza durante una década antes de ser expulsada de su tierra en Palestina.
El espacio, sin embargo, dista mucho de ser una escuela tradicional.
Sin apenas presupuesto ni licencias oficiales -a pesar de mantener contactos con la Embajada palestina en El Cairo para intentar regularizar el centro- la iniciativa sale adelante gracias al ingenio y esfuerzo propio de los docentes.
En cada habitación conviven unas pocas sillas desparejadas, alguna mesa auxiliar y una pizarra montada sobre la marcha.
Los libros de texto, distribuidos en formato PDF por el Ministerio de Educación palestino, son impresos y encuadernados por la propia Hadeel y los otros docentes gracias a donaciones particulares.
Para matricularse no hay cuotas: solo basta con presentar la partida de nacimiento y los antecedentes académicos, mientras que para formalizar los estudios los alumnos realizan sus evaluaciones a través del sistema electrónico del Ministerio de Educación palestino.
La única excepción son los estudiantes del último curso de secundaria: al tratarse de los exámenes oficiales de graduación, deben trasladarse a El Cairo para examinarse de forma presencial en centros egipcios habilitados para los alumnos palestinos.
Las huellas psicológicas de la guerra
Pero las aulas de Al Arish no solo combaten el retraso pedagógico, también amortiguan el impacto emocional del trauma prolongado.
Entre los bancos improvisados se sientan menores que han perdido a sus padres, huérfanos de guerra o niños golpeados duramente por el estrés postraumático que sufren bloqueos en el habla y trastornos de aprendizaje.
Otros, desbordados por el duelo y la incertidumbre, rechazan al principio coger un lápiz porque su único pensamiento está al otro lado de la frontera, en las ruinas de sus casas en Gaza.
Con la ayuda del doctor Safwat Diab, un especialista palestino residente en Noruega, los profesores han aprendido a tratar de manera básica a los niños afectados por experiencias traumáticas, mientras que para los casos más graves, buscan la derivación a especialistas locales.
Para docentes, todos desplazados y sin empleo tras abandonar Gaza, es también una manera de recuperar su vocación y su rutina, en un trabajo que de momento es voluntario mientras Hadeel busca financiación para garantizar la sostenibilidad del centro y remunerar el trabajo educativo.EFE
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