Malvinas, un crisol de culturas atraídas por el trabajo, más allá de disputas geopolíticas
Pablo Duer
Islas Malvinas, 15 sep (EFE).- En las calles de las islas Malvinas, que se asemejan a una zona rural británica y cuentan con apenas 3.600 habitantes, el inglés de los locales convive con el español de una nutrida comunidad latinoamericana, pero también con el tagalo, el afrikáans y otros idiomas traídos por migrantes llegados desde más de setenta países en busca de oportunidades.
Según el último censo (2021), el 44,6 % de la población nació en este remoto archipiélago del Atlántico Sur, mientras que el resto, en buena parte, llegó atraída por las condiciones de vida y los elevados salarios que ofrece un territorio que, a pesar de ser foco de una histórica disputa geopolítica, destaca por su tranquilidad y seguridad.
El grupo más numeroso después de los isleños son los británicos, que representan un 22 % y comparten no solo cultura e idioma con los locales sino también pasaporte, dado que las Malvinas son administradas por el Reino Unido desde su ocupación en 1833.
Les sigue una numerosa comunidad proveniente de Santa Helena (11 %), otro territorio británico de ultramar en el Atlántico, mientras que el cuarto y quinto lugar lo ocupan los filipinos y los chilenos, con alrededor del 5 % de los habitantes del archipiélago en cada caso.
Esta composición demográfica tiene una particular dimensión política en un lugar cuya soberanía reclama Argentina y que en 2013 celebró un referéndum en el que sus habitantes, muchos nacidos en el extranjero y luego naturalizados, votaron casi unánimemente a favor de mantener el estatus de territorio británico de ultramar.
Numerosos migrantes cuentan a EFE que llegaron por una oferta de trabajo -muchas veces temporal- y terminaron echando raíces, teniendo hijos y convirtiéndose en "nuevos isleños".
Trabajo, bienestar y migración
La mano de obra extranjera, en buena parte captada a través de empresas de reclutamiento de personal, resulta clave para sostener una economía transformada en las últimas décadas por el crecimiento de la pesca y el turismo.
"Somos una comunidad pequeña, prácticamente un pueblo de menos de 4.000 habitantes, pero funciona como un pequeño país por la amplitud de los servicios que ofrecemos. Por eso no somos capaces de cubrir todo por nosotros mismos, ya sean docentes, médicos o personal sanitario, y tenemos que atraer a las personas adecuadas para que vengan a trabajar", explica a EFE Stacy Bragger, miembro de la Asamblea Legislativa y de la organización Multicultural Falklands.
Con un desempleo por debajo del 1 % y muchos jóvenes que viajan al Reino Unido para continuar sus estudios tras la secundaria, hay poco margen para cubrir vacantes con personal local, una presión que podría aumentar con el inminente desarrollo de la industria petrolera.
"Con el paso del tiempo las islas se han ido desarrollando y cada vez hay más necesidad de gente para trabajar, por eso se han abierto las puertas para que la gente pueda venir. Ha sido todo un proceso lento, no de apertura total de fronteras, porque tenemos un estándar de vida bastante alto, seguridad económica, bienestar social y eso solamente se logra teniendo control", explica a EFE Alex Olmedo, llegado hace 36 años desde Santiago de Chile.
Olmedo, de 56 años, pasó por distintos trabajos y emprendimientos hasta que abrió su hotel y restaurante en la arteria principal de Stanley, la pequeña capital isleña.
"Es un muy buen lugar para comenzar una vida, familias jóvenes en particular, que tienen muchos beneficios adjuntos por vivir acá, como un servicio de salud gratuito, que es espectacular, y educación gratuita", aseguró.
La chilena es la más grande de las comunidades latinoamericanas radicadas en Malvinas, donde residen también algunos peruanos, colombianos y venezolanos. Hay también un pequeño grupo de argentinos, que llegaron por trabajo, aunque la mayoría se trasladó por vínculos familiares con isleños.
Si bien algunos de estos latinos acaban integrándose en la sociedad local, muchos mantienen fuertes vínculos con sus países de origen, conservan el español como lengua cotidiana y comparten espacios de ocio, desde un bar frecuentado por chilenos y peruanos hasta barbacoas o partidos de fútbol.
El desminado de la guerra
Una comunidad bastante numerosa es la de Zimbabue, compuesta principalmente por migrantes que fueron contratados para retirar las minas colocadas durante la guerra que Argentina y el Reino Unido libraron en 1982 por el control de las islas.
Esos trabajos se desarrollaron entre 2009 y 2020. Después, muchos de ellos decidieron quedarse, consiguieron empleos, llevaron a sus familias y atravesaron el proceso de naturalización que permite a los migrantes obtener la ciudadanía y el pasaporte británico tras haber vivido y trabajado durante un periodo de tiempo en las islas.
"Fue una gran oportunidad y los locales han sido muy abiertos con nosotros. Les alegró que nos quedáramos por lo que habíamos hecho, incluso nos agasajaban invitándonos a comer o tomar algo", relata a EFE Shupikaya Chipunza, guardia en la prisión local.
Como sus compañeros, Chipunza se radicó en las Malvinas en busca de una vida más tranquila tras años dedicado al desminado en lugares como Afganistán, Congo o Líbano.
En casa, cuenta, su familia se comunica en shona, pero fuera hablan inglés: "Mis hijos son más locales que zimbabuenses". EFE
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